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Una cena con Fernando Múgica. Parte I: La verdad de la apariencia

mugica1“Los periódicos no cuentan la verdad. Cuentan la apariencia de la verdad”. Fernando Múgica soltó la frase y dio otro mordisco a su hamburguesa. Llevábamos un rato charlando en un Vips de la calle López de Hoyos de Madrid, en una noche de la primavera de 2015. Su observación me impresionó. Pero no porque me rompiera los esquemas, sino por lo contrario: resumía muy bien algunas ideas sobre el periodismo que rumiaba desde hacía años.

Fernando Múgica había sido uno de los reporteros más completos de la historia reciente del periodismo español. En cuarenta años de carrera había hecho casi todo: redactor, fotógrafo, editor gráfico, subdirector, director, editorialista… Con su Leica siempre al cuello, fotografió desde los rincones más entrañables de su Pamplona natal hasta los escenarios más violentos de las principales guerras de la segunda mitad de siglo: Vietnam, Yom Kippur, Guerra del Golfo, Yugoslavia… Su barba blanca, ojos azules y figura algo desgarbada hacían de él una mezcla de trotamundos despistado y Obi-Wan Kenobi.

Pero yo no le había llamado por ninguna de esas razones. Antes de mudarse a Pamplona por motivos familiares, Fernando había dedicado cuatro años de su vida a investigar la masacre del 11 de marzo de 2004 en Madrid, en la que 191 personas fueron asesinadas. El diario El Mundo publicó sus averiguaciones en una serie de artículos titulada Los agujeros negros del 11-M. Fernando descendió al submundo de las cloacas del Estado y se entrevistó con policías, militares, confidentes policiales, espías, abogados, políticos y delincuentes. Su trabajo, basado en datos y testimonios, puso al descubierto las flagrantes contradicciones, lagunas y sinsentidos de la versión oficial. Ésta atribuía los atentados a un grupo de musulmanes asistido por unos traficantes de dinamita asturianos, a pesar de que, como se fue demostrando en el juicio, casi todos ellos estaban fichados o eran confidentes de la Policía, la Guardia Civil y el CNI.

Fernando pagó un precio muy alto por su labor. Muchos de sus propios compañeros de periódico dejaron de hablarle. Algunos decían que se había vuelto loco. Varios medios de comunicación, particularmente El País y el grupo Prisa, invirtieron muchos esfuerzos en ridiculizarle, sobre todo después de que una de sus fuentes policiales le tendiera una trampa para que confundiera una tarjeta del Grupo Mondragón, presuntamente hallada en una furgoneta vinculada al atentado, con una cinta de música de la Orquesta Mondragón. Aquella intoxicación, ideada para presentar a El Mundo como un diario obsesionado con la implicación de ETA en la matanza y hundir la credibilidad de Múgica, fue todo un éxito. Aunque él continuó con su trabajo, nada volvería a ser igual: el estigma de la cinta Mondragón le acompañó adonde fuera. Los defensores de la versión oficial se inventaron un adjetivo, “conspiranoico”, para descalificar a cualquiera que planteara dudas sobre la autoría de los atentados o advirtiera fisuras palpables en la investigación policial, la instrucción del sumario y la sentencia judicial. Ese término permitía retirar automáticamente a los discrepantes la condición de personas razonables, para rebajarlas a una uniforme pandilla de fanáticos que no había aceptado la derrota del PP en las elecciones del 14 de marzo.

Yo había leído muchísimos artículos periodísticos y algunos libros sobre el 11-M, y había llegado a la conclusión de que Fernando Múgica era quien más se había acercado a la verdad.

Los recelos

Existen muchos motivos para recelar de las llamadas “teorías de la conspiración”. El primero tiene que ver con la confianza. La mayor parte de las personas confía en que lo que dicen los grandes medios de comunicación es verdad, sobre todo cuando éstos aportan pruebas que respaldan sus publicaciones. Por ejemplo, si un periódico publica una noticia basada en un documento que procede de la Policía o del Gobierno, la reacción más lógica del público será creer que esa noticia es cierta o, al menos, verosímil. A veces ni siquiera es necesaria una prueba física, basta con que la información provenga de fuentes policiales, gubernamentales o ese difuso “fuentes bien informadas”. En realidad, esto se basa en un segundo escalón de la cadena de confianza: la que los medios otorgan a dichas fuentes. Es verdad que, según la teoría periodística, los periodistas deben contrastar la información con varias fuentes (la agencia Reuters, por ejemplo, exige al menos tres), pero en muchísimas ocasiones no sucede así. Lo sé porque lo he visto y muchas veces lo he hecho. En casos especialmente opacos y complejos como la investigación de un atentado masivo, en los que casi siempre el suministro de la información procede únicamente de fuentes policiales, judiciales o gubernamentales, la posibilidad de contrastar la información se reduce y el periodista depende sólo de lo que le cuentan los organismos institucionales. Aumenta su vulnerabilidad ante posibles manipulaciones. Esto no significa que el periodista sea siempre inocente: la propia dinámica de la competencia periodística (y desde la explosión de los medios digitales, muchísimo más) lleva a que muchas veces la obtención de una exclusiva prime sobre su verosimilitud. A todo esto se añade la posibilidad de que las fuentes filtren a los medios una versión de los hechos con un determinado objetivo, tal vez no muy honorable. De hecho, esta suele ser la tónica habitual: todas las fuentes son interesadas. El ejemplo de la Orquesta Mondragón es especialmente perverso. En cualquier caso, la mayor parte del público ignora estos detalles de la práctica periodística y se fía de la información que consume. Por lo tanto, toda aquella explicación alternativa a la versión mediática, aunque aquélla sea más verosímil que ésta, suele ser tildada de “teoría de la conspiración”. Como reza una vieja e irónica máxima del mundo periodístico anglosajón: “¿Cómo no va a ser verdad? ¡Ha salido en la tele!”.

El segundo motivo para rechazar estas teorías tiene que ver con los prejuicios ideológicos. Los atentados del 11-M son un ejemplo perfecto. Es complicado que una persona afín al PSOE admita que las causas de la matanza no son las expuestas en la versión oficial, ya que la presunta autoría de unos musulmanes radicales en castigo por la guerra de Irak fue lo que precipitó el vuelco electoral y la victoria de Zapatero. Sin embargo, es frecuente en ámbitos de izquierdas (más bien de extrema izquierda) atribuir buena parte de los atentados oficialmente islamistas de la historia reciente, empezando por el 11-S de Nueva York, a operaciones encubiertas de la CIA, el Mossad, la OTAN u otros servicios militares extranjeros. El 11-M es su excepción. Por su parte, a los simpatizantes del Gobierno de Aznar, muchos de ellos atlantistas y entusiastas defensores de EEUU y del Estado de Israel, se les atragantaría la opción de que, por ejemplo, servicios militares de sus países de referencia urdiesen semejante masacre, y menos aún en un país que se había alineado con la Administración Bush. De hecho, en los círculos políticos y mediáticos del PP aznarista la teoría más asentada es que el 11-M fue obra de servicios marroquíes con la ayuda de Francia, en represalia por la crisis de Perejil de 2002 y para desalojar del poder al PP. ¿Por qué? Según esta tesis, para romper la alianza de España con EEUU y Reino Unido, que había desatado las iras de la Francia de Chirac y la Alemania de Schröder, y para neutralizar las aspiraciones españolas a conseguir más poder en el seno de la Unión Europea mediante la aprobación del Tratado de Niza de 2001. El Gobierno de Zapatero enfrió las relaciones con Bush y volvió a alinearse con el eje francoalemán, por lo que los fieles a Aznar interpretaron que los atentados buscaban este giro político.

Por supuesto, esta visión partidista de la realidad no es exclusiva de España, no se limita a la política y no se circunscribe a los atentados de Madrid. Los atentados oficialmente islamistas cometidos en suelo occidental durante los últimos años han provocado una amplia reacción ideológica contra la religión islámica en su totalidad y, en muchos casos, contra la población de origen árabe. Las medidas migratorias dictadas recientemente por Donald Trump son un ejemplo. En esta ofensiva coinciden curiosos compañeros de cama, desde liberales progresistas que abogan por expulsar cualquier expresión religiosa de la vida pública, hasta conservadores de derechas que defienden un “Occidente cristiano”.

La tercera razón es el miedo a la extravagancia y la opinión solitaria. La politóloga Elisabeth Noelle-Neumann elaboró la famosa teoría de la espiral del silencio, según la cual la mayor parte de los ciudadanos asumen las opiniones que son consideradas mayoritarias y, como consecuencia, la sociedad tiende a aislar a aquellos con una postura diferente. La presión social provoca que éstos, a su vez, tengan cada vez más miedo a expresar su parecer. La teoría se ajusta como un guante a quienes desconfían de las versiones oficiales de algunos atentados, especialmente en el ámbito del periodismo. Aunque se trate de una profesión que supuestamente aspira a descubrir las verdades que oculta el poder, las actitudes más cerriles a la hora de hablar de estos temas las he encontrado en compañeros periodistas. No quiero hablar desde ninguna superioridad moral, y existen tantos motivos como personas, pero el periodismo es una feria de vanidades desbocadas en la que muchos buscan por encima de cualquier otra cosa el aplauso de compañeros y lectores. Y, claro, sostener opiniones que choquen con el pensamiento dominante no es el mejor camino hacia retweets y likes. En este sentido, las redes sociales son un estupendo observatorio para comprobar hasta qué punto Noelle-Neumann tenía razón. La hostilidad que muchos usuarios muestran con mensajes que no son de su agrado conduce inevitablemente a fragmentar la conversación digital, donde cada vez se tiende más a seguir sólo a aquellos con los que se está de acuerdo.

Uno de los efectos de este ostracismo es relegar a los “teóricos de la conspiración” a programas tipo Iker Jiménez. Es una táctica tan sutil como eficaz. En las tertulias de estos espacios conviven, en igualdad de condiciones, estudiosos de los OVNI, el Antiguo Egipto, las caras de Bélmez, los Illuminati, el satanismo y el chupacabras. Y junto a ellos se sitúan, al mismo nivel de extravagancia, quienes han estudiado a fondo algunos atentados o sucesos de explicación oficial lábil que han tenido consecuencias políticas. No digo que los aficionados a este segundo grupo sean todos rigurosos e infalibles pero, según los creadores de este tipo de programas, los crímenes de Estado, el modus operandi de los servicios de inteligencia y las operaciones militares encubiertas (tres asuntos bien reales de los que hay evidencias históricas) pertenecen al mismo universo esotérico que los fenómenos paranormales y la brujería. Una equiparación muy útil para desacreditar al que plantee dudas sobre algunos acontecimientos de este mundo, no del más allá.

Se podrían enumerar muchas más razones, desde ese afectado y puritano “respeto a las víctimas” (no creo que exista mayor tormento para los familiares de un fallecido que una justicia muda ante la evidencia de un crimen impune) hasta la ingenuidad del que no cree que los círculos cercanos al poder, cegados por razones de alto calado político o económico, puedan perpetrar tales aberraciones. Creo que la historia del ser humano ha dejado claro cuántos horrores pueden infligirse en nombre del Estado, y en muchas ocasiones contra sus propios súbditos.

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En el 11-M fueron asesinadas 191 personas.

Pero desconfiar de las versiones oficiales también tiene sus peligros. La mayor tentación de los “conspiranoicos” es adoptar una actitud tan cerril e intransigente como la de sus críticos. Es frecuente, por ejemplo, analizar un hecho exclusivamente a partir de conclusiones preestablecidas. Si, por ejemplo, uno tiene la convicción inamovible de que en el 11-M participó ETA, tratará por todos los medios de interpretar los atentados a partir de ese prisma, desechando otras hipótesis y metiendo a empellones toda la información disponible en el embudo de sus apriorismos. Los ingredientes perfectos para convertirse en un talibán de la conspiración. Pero este argumento es reversible como un calcetín ya que son los defensores de las versiones oficiales los que suelen poner más empeño en descartar cualquier alternativa.

Los seres humanos todavía poseemos una herramienta poderosísima que algunas veces logra trascender los miedos, los lugares comunes y las miradas prejuiciosas. Es el sentido común. Gracias a él somos capaces de valorar cuándo un relato es coherente y verosímil y cuándo no. Pero, claro, para discernir entre verdad y mentira lo primero que hay que hacer es saberse bien el relato “oficial” de un hecho, el que se presenta como verdadero. No basta con un conocimiento superficial y resumido, hay que descender a los detalles. Es ahí, en el repaso minucioso, donde se advierten las costuras, las lagunas y las contradicciones de una versión que se presenta como certera y unívoca. El problema es que muchas personas ni siquiera conocen a fondo la versión oficial de algunos atentados terroristas, y es imposible descubrir la verdad si antes no se estudia la mentira. Esto es precisamente a lo que aspira este blog, cuyo principal propósito no es teorizar ni señalar a tal o cual culpable, sino apuntar los agujeros negros de diversos atentados terroristas recientes, desde el 11-S hasta Charlie Hebdo, pasando por el 13-N en París, la bomba en el aeropuerto de Bruselas, los atropellos mortales en Niza y Berlín y, por supuesto, el 11-M de Madrid. En las versiones oficiales de todos ellos hay importantes fugas de agua. Y si bien insisto en que partir de una posición rígida puede llevar a interpretaciones forzadas, no sería honesto esconder que tengo la fuerte intuición de que esas masacres han sido operaciones de falsa bandera: crímenes cometidos por una entidad (normalmente al servicio de un Estado) pero cuya autoría se atribuye a otro colectivo (otro grupo terrorista, otro Estado) por intereses políticos. Es una táctica que existe desde el Imperio Romano y que se ha repetido muchísimas veces a lo largo de la Historia hasta llegar a nuestros días, como demostró, por ejemplo, la Operación Gladio en Italia y Alemania. No juego con las cartas marcadas: mi tesis es que, desde el final de la Guerra Fría y desaparecido el comunismo, esas operaciones se han convertido, como dicen los politólogos, en la “nueva normalidad” del siglo XXI.

He dedicado bastantes horas a estudiar estos crímenes, especialmente su vertiente mediática: la filtración de información sobre los sospechosos, el modus operandi de los atentados, las “pruebas” que apuntan a un determinado grupo terrorista, etc. Es fundamental prestar mucha atención al goteo de información inmediatamente posterior a la realización de este tipo de atentados. Creo que muchas veces ahí se esconden claves que permiten, en palabras de Múgica, advertir “la apariencia de la verdad” y acercarse a la verdad de la apariencia.

Dos personas

No recuerdo que Fernando Múgica mencionara las palabras “teoría de la conspiración” ni nada parecido en nuestra conversación. Él simplemente contaba lo que había investigado y lo que creía que había sucedido. Estaba por encima de esas riñas semánticas. En el Fernando con el que me encontré había, a mi parecer, dos personas opuestas. Por momentos vi al periodista de raza, emocionado, risueño, con ese punto inocente que tiene el becario que acaba de empezar en la profesión. Pero al mismo tiempo percibí a un hombre cansado, muy desgastado por todo lo que había supuesto, personal y profesionalmente, la investigación de los atentados. A él parecía agradarle el hecho de que un periodista joven se interesara por algo de lo que apenas se hablaba ya en los periódicos. Sin embargo, mostraba cierto cinismo, el deje impotente y resignado del que ha visto cosas demasiado duras, demasiado complicadas, y cree que no hay manera posible de sacarlas a la luz.

Cuando me senté a la mesa del Vips con Múgica, yo ya sabía cuál era su tesis sobre los atentados. Él mismo la había expuesto en una entrevista en la radio. Pero yo quería profundizar en ella, conocer el contexto, los detalles, los razonamientos que habían llevado al periodista a esa conclusión. Quería saber lo que él sabía. Múgica accedió muy amable a mi propuesta, y una noche pasó a recogerme al periódico. Acababa de llegar en su coche desde Pamplona, y nos fuimos directamente a cenar. La velada duró unas cuatro horas. En nuestra charla, Múgica no me hizo una exposición larga y detallada de sus conclusiones. Me dejaba preguntar, que yo atara cabos. Pero me contó lo esencial.

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