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Una cena con Fernando Múgica. Parte II: La hermandad

Franco Eisenhower

El presidente de EEUU, Dwight D. Eisenhower, con Francisco Franco, en el aeropuerto de Torrejón de Ardoz, en 1959. Detrás de ellos, el general Vernon A. Walters.

“Lo que me asombra es que a tu edad sigas con esa fantasía de que vas a poder llegar más allá de la espuma de lo que pasó. Estás loco. Tú eres perfectamente consciente de que en el momento en que traspases la espuma de la realidad duras exactamente veinticuatro horas”. Así arranca el último agujero negro que Fernando Múgica escribió sobre el 11-M. Un artículo que no llegó a publicar en El Mundo pero que rescató recientemente El Español y que resume lo que pensaba sobre la versión oficial: que era una enorme patraña, de principio a fin, con pruebas manipuladas y sospechosos ‘colocados’ por las diferentes fuerzas de seguridad del Estado con la intención de protegerse y eludir el escarnio de no haber evitado la matanza.

Así como los que creen en la versión oficial de los atentados ya no tienen mucho de qué discutir, no sucede lo mismo con los escépticos. Periodistas como Casimiro García-Abadillo o Luis del Pino y abogados como José María de Pablo, que defendió a las víctimas en el juicio y escribió el muy recomendable libro La cuarta trama, habían hecho una gran labor desvelando las mentiras, falsificación de pruebas y vacíos inexplicables de la investigación policial y judicial de los atentados. Pero si bien todos discrepaban de la versión oficial, disentían en su diagnóstico de lo que realmente había sucedido. García-Abadillo y De Pablo, por ejemplo, daban por ciertos muchos hechos descritos en la sentencia y creían que los hombres que (presuntamente) murieron en Leganés un mes después del atentado habían sido sus autores materiales, pero que nadie había podido descubrir aún a sus inspiradores intelectuales, los que habían ideado la matanza. Luis del Pino, por su parte, concluyó que la investigación policial, la instrucción del sumario y el juicio habían conformado una gigantesca farsa fabricada por las cloacas policiales y de los servicios secretos. Su argumento era potente: las investigaciones policiales y judiciales no partían del escenario del crimen (ya que los cuatro trenes con los restos de explosivos se destruyeron rápidamente, sin saber a día de hoy quién dio esa orden), sino de una prueba que nadie sabe muy bien de dónde había salido y que se había demostrado falsa: la mochila de Vallecas (cuya única foto publicó en exclusiva la cadena de televisión estadounidense ABC News). Y dado que todo indicaba que esa prueba había sido colocada ex profeso por alguien que quería orientar las pesquisas policiales en un determinado sentido, nada de lo que se dedujera a partir de ella podía ser cierto. En esta línea, Múgica había escrito que los servicios policiales habían dejado un rastro de pruebas falsas, unas “piedras de Pulgarcito”, que llevaban a los presuntos culpables. El juez instructor del caso, Juan del Olmo, se había limitado (obviamente sin ser consciente de ello) a seguir esas piedras.

Es decir, que ni el grupo de El Chino, ni la célula de El Tunecino ni el minero Trashorras ni Jamal Zougam habían tenido nada que ver con los atentados. Es más, el hecho de que casi todos ellos fueran confidentes policiales o estuvieran fichados demostraba, según Del Pino, que las cloacas del Estado habían elegido a estos delincuentes de baja estofa, dedicados al tráfico de hachís y de explosivos, como cabezas de turco del 11-M. Pero, ¿con qué objetivo? Si la trama ‘oficial’ era falsa, ¿cuál era la verdadera? Según Del Pino, los atentados fueron un golpe de Estado (de “régimen”, suele decir él) destinado cambiar el sentido del voto en las elecciones y a llevar a Zapatero al Gobierno de España. El nuevo presidente, en alianza con los nacionalismos catalán y vasco, llevaría a cabo una “confederalización” del país (es decir, abrir la puerta a la independencia de Cataluña y País Vasco) a cambio de que ETA abandonara las armas. Por lo tanto, el 11-M habría sido un crimen puramente interno, realizado por cloacas españolas con objetivos españoles.

La conclusión de Fernando Múgica era mucho más compleja pero, en mi opinión, y aunque parezca paradójico, mucho más verosímil. Múgica estaba de acuerdo con Del Pino en que toda la trama de los musulmanes y los asturianos había sido una completa farsa, y que había que diferenciar entre los autores reales de la matanza y una versión oficial que comenzó a construirse inmediatamente después del momento del crimen.

Pero él no creía que el 11-M fuera un atentado en clave interna. Su convicción es que los autores habían sido “los americanos”. Es decir, servicios estadounidenses.

Juan Carlos Kissinger

El entonces príncipe Juan Carlos con el secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger, en noviembre de 1975.

El amigo americano

“Esto empieza en los años 50”,  me dijo Fernando en la mesa del Vips. El contexto histórico para comprender su tesis era la relación de tutela política que Estados Unidos había ejercido (y sigue ejerciendo) sobre España desde los años del franquismo, y especialmente desde la instalación de las bases militares de Morón y Rota, de gran importancia para el Pentágono. El apoyo a Franco se debía a dos razones: su oposición ideológica al comunismo (la Guerra Fría estaba en su apogeo) y el valor geoestratégico de la Península Ibérica como puerta de entrada al Mediterráneo y enlace natural entre el norte de África y Europa. Según esta línea de pensamiento, Washington dirigió entre bambalinas la Transición española, afianzando el reinado de Juan Carlos I y la consolidación del PSOE como alternativa de izquierda democrática para dejar fuera a los comunistas del PCE, con Felipe González como hombre de referencia y el diario El País como brazo periodístico. Para realizar toda esta labor era esencial una relación muy cercana entre los servicios de inteligencia de ambos países. El periodista Alfredo Grimaldos, en su libro La CIA en España, recuerda las siguientes palabras del general Vernon A. Walters, director adjunto de la CIA entre 1972 y 1976: “Una España hostil, dueña del estrecho de Gibraltar, podría dificultar en gran manera la presencia de la VI Flota de Estados Unidos en el Mediterráneo y, por ende, el apoyo a Italia, Grecia, Turquía e Israel. Tanto si se quiere como si no, entonces al igual que hoy, la posición estratégica de España era crucial, más aún, indispensable para todo tipo de defensa de Europa y de Oriente Medio”.

Walters, un veterano militar del Ejército estadounidense especializado en labores de inteligencia, fue un personaje clave en el devenir político español desde finales de los años 50 hasta la muerte de Franco y el establecimiento de la monarquía y la democracia. Es el hombre que aparece en la famosa fotografía que encabeza esta entrada, entre el presidente Dwight D. Eisenhower y el dictador, despidiéndose en el aeropuerto de Torrejón de Ardoz en 1959. En aquella visita se firmó el primer acuerdo para establecer bases de la OTAN en territorio español. Su labor no acabo ahí, ni mucho menos. Walters fue enviado a España por Richard Nixon en 1970, ante la inquietud que generaba en el presidente el cercano final del franquismo y la posibilidad de que se produjera un vacío de poder. En sus memorias, Misiones discretas, Walters escribe lo siguiente: “España era de vital importancia para Occidente, y el presidente no quería que allí se creara una situación caótica o anárquica (…) [Nixon] expresó la esperanza de que Franco elevara al trono al príncipe Juan Carlos. Estimaba que esa sería una solución ideal, que daría lugar a una pacífica y ordenada transición que el propio Franco podría dirigir. De no adoptarse esta solución, el presidente Nixon albergaba esperanzas de que Franco nombrara un primer ministro fuerte, que se encargara de llevar a cabo la transición del régimen de Franco a la monarquía”.

Harían falta muchas líneas para detallar la influencia de la inteligencia estadounidense en la Transición. Se han escrito muchos libros sobre el tema. Algunos, por supuesto, niegan esta línea de pensamiento. En su libro Los servicios secretos de Carrero Blanco, el general Juan María de Peñaranda, importante dirigente del Servicio Central de Documentación (SECED, antecesor del CESID, que posteriormente se convertiría en el CNI) califica de “fantasías” lo narrado en La CIA en España, y lo atribuye a las “imaginarias implicaciones norteamericanas en la política nacional española” de su ex compañero el general Manuel Fernández-Monzón. Peñaranda también carga contra los que apuntan a la mano yanqui en el asesinato de Carrero Blanco (otro atentado, atribuido a ETA, con interesantes fallas en su versión oficial) y el 23-F. Otro autor que desecha semejante penetración de la CIA en los asuntos españoles es el británico Charles Powell, autor de El amigo americano y director del think tank Real Instituto Elcano, de clara ideología atlantista y con fuertes vínculos con la Casa Real. (Cabe señalar que su experto de cabecera en terrorismo, Fernando Reinares, es un ardiente defensor de la versión oficial del 11-M, aunque en la última década ha situado la génesis del atentado en diferentes lugares, desde Bruselas hasta Karachi, con idéntica convicción).

En cualquier caso, Fernando Múgica creía firmemente que la extrema atención que el amigo americano pone en todo acontecimiento político relevante en España se mantiene a día de hoy. Yo mismo di con un ejemplo reciente en la situación de interinidad política de 2016. Luis María Anson, veterano periodista muy vinculado a la Casa Real, escribió entonces varias columnas en El Mundo informando de las preferencias de Washington por el gobierno que debería salir de las negociaciones parlamentarias. La investidura del líder del PSOE con el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PP era la fórmula “que alientan los servicios de inteligencia de Estados Unidos, la primera potencia del mundo con altos intereses militares en España”. (La misma fórmula, por cierto, que defendió editorialmente El País).

Según Múgica, dentro del CNI existe un grupo de agentes muy vinculado a la CIA conocido como “la hermandad”, que desde hace décadas trabaja para orientar el rumbo de la política española de acuerdo a los intereses estadounidenses. Confieso que lo de “la hermandad” me sonaba a oscura logia masónica, a recurso de thriller barato. Pero, por sorprendente que pareciera, Múgica me dijo que aquello no había sido una averiguación o una ideación suya: una importante ministra del Gobierno de Aznar, bien situada en las esferas internacionales, le había confirmado la existencia de ese grupo. De hecho, se trataba de la misma persona que le había advertido sobre sus investigaciones del 11-M y sobre la certeza de que no duraría vivo “ni 24 horas” si lograba descender a las profundidades de lo ocurrido. Pero Múgica no contaba sólo con esa fuente. A lo largo de su carrera como reportero en diferentes guerras y como jefe de la sección Internacional de El Mundo, había trabado estrecha relación con importantes responsables de la inteligencia militar española. Según Múgica, algunos de esos responsables saben la verdad de lo que ocurrió en Madrid la mañana del 11 de marzo de 2004.

Continuará…

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