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El edificio 7 (y III)

BBC WTC 7

Jane Standley, corresponsal de la BBC en Nueva York en el 11-S.

(Viene de El edificio 7: Parte II).

Toda operación de falsa bandera consta de dos partes. Ambas son imprescindibles para conseguir el objetivo deseado. La primera consiste en la realización del propio atentado: es obviamente la fase más compleja y decisiva, su nudo gordiano. Cuanto más cruel y espectacular sea la masacre, mayor será su impacto psicológico en la población. Es la esencia de todo acto terrorista. Pero el atentado es inútil si a continuación no se pone en marcha un mecanismo, de elaboración igualmente complicada, para atribuir la matanza a determinadas personas. Es en esta segunda fase donde la falsa bandera adquiere su plenitud, ya que el objetivo último es movilizar a la opinión pública en contra de un enemigo. La creación de ese estado de opinión permite la aplicación de determinadas medidas (una declaración de guerra, la invasión de un territorio, la aprobación de leyes de largo alcance) impensables en otras circunstancias. Esta estrategia, fantasiosa e improbable para muchos, es algo elemental en las tácticas de guerra psicológica, tan antiguas como la propia civilización humana.

Lo habitual en estas operaciones es que ambas partes estén perfectamente diseñadas de antemano y que a los pocos minutos de consumarse la primera se ponga en marcha la segunda. (Según el fallecido periodista Fernando Múgica, el 11-M de Madrid habría sido una excepción, ya que en la detención de los culpables ‘oficiales’ interfirieron elementos ajenos a los autores originales del plan). Es una constante en los atentados oficialmente islamistas de los últimos años que las fuerzas de seguridad de los países atacados admitan imperdonables errores a la hora de prever las masacres. Pero curiosamente ese nivel de negligencias y equivocaciones suele compensarse con una rapidísima identificación de los culpables. ¿Acaso no es habitual que apenas unas horas después de los atentados se filtren fotografías y capturas de vídeo de los sospechosos? ¿Cómo es posible que las mismas agencias que ‘fracasan’ clamorosamente en la evitación de las matanzas tengan una reacción tan eficaz, casi inmediata? El 11-S es un ejemplo palmario: unas horas después de que las Torres Gemelas se desplomaran, mientras todo el mundo se llevaba las manos a la cabeza ante tal monstruosidad, el nombre de Osama Bin Laden inundaba los informativos de televisión y los titulares de prensa. Ya había un culpable.

¿Significa esto que todos los miembros de esas fuerzas de seguridad nacionales e internacionales están implicados en las operaciones de falsa bandera? Por supuesto que no. Sería imposible urdir semejantes conspiraciones a tal escala. Las falsas banderas no nacen en los despachos de los presidentes de las naciones afectadas, no se trata de una orden dictada desde la cúpula y obedecida a rajatabla por todos los estamentos de la jerarquía. Creer eso es una ingenuidad. Estas operaciones suelen tramarse a espaldas de los hombres que ocupan los puestos más altos del organigrama. Tal vez alguno de ellos sí forme parte del complot, pero por lo general éste depende de un pequeño e interrelacionado grupo de personas bien situadas en los círculos del poder (económico, militar, político…). En otras ocasiones, la operación es obra de un servicio de inteligencia extranjero, infiltrado hasta el tuétano en el país ‘anfitrión’. No se trata de modelos incompatibles, es posible una combinación de ambos. Las cloacas del Estado son, por su propia naturaleza, un territorio oscuro y casi inescrutable.

Si los explosivos o los fusiles (y en el caso del 11-S, los aviones) son las herramientas de trabajo de la primera fase, la filtración de información a los grandes medios es el modus operandi de la segunda. Es ahí donde a veces se advierten las costuras por las que asoma el entramado oculto tras la cortina oficialista, la que presenta una apariencia de verosimilitud. Pensemos, por ejemplo, en las fuentes antiterroristas que después del 11-M aseguraron a la Cadena Ser que en los trenes se habían encontrado cadáveres de los terroristas. O en la misteriosa mochila de Vallecas, cuya única fotografía conocida no fue publicada por ningún medio español, sino por la televisión estadounidense ABC. O en los presuntos suicidas del 11-S, cuyos nombres fueron divulgados por el FBI, que resultaron estar vivos y coleando. O en el heroico guardián que evitó una masacre en el Stade de France el 13 de noviembre de 2015: su gesta, relatada en exclusiva por The Wall Street Journal, resultó ser un cuento chino.

Estos ejemplos demuestran que las falsas banderas, si bien suelen saldarse con éxito (porque efectivamente logran la reacción geopolítica deseada, sea una intervención en Irak o en Siria), no están exentas de errores. Algunos son más bien pequeños, casi imperceptibles. Otros son flagrantes.

En vivo y en directo

Hay veces en que un breve vídeo explica mucho más que cualquier parrafada.

Eran las 16.57 del 11 de septiembre de 2001 cuando Phil Hayton, presentador del especial informativo de la BBC sobre los atentados de esa mañana, informaba sobre el colapso del edificio 7 y conectaba en directo con la corresponsal de la cadena británica en Nueva York, Jane Standley, quien confirmaba la noticia. Pero había un problema. El edificio estaba en pie, perfectamente identificable, detrás de ella. Unos segundos después, la señal se interrumpió, supuestamente por un problema técnico. El edificio 7 se derrumbó a las 17:20.

La BBC no fue el único medio en reportar sobre el derrumbe antes de que se produjera. También lo hizo la CNN:

Como ya señalé en la anterior entrada, la BBC emitió en 2008 un reportaje sobre las “teorías de la conspiración” en torno al edificio 7. ¿Qué gran interés podía tener una televisión británica en dedicar un amplio espacio a este punto tan misterioso del 11-S, algo que ni siquiera habían hecho las televisiones de Estados Unidos? Obviamente, el objetivo último era disculpar el inexplicable hecho de que informara en directo sobre algo que aún no se había producido. El jefe de informativos, Richard Porter, explicó que la noticia original procedía de un teletipo “incorrecto” de Reuters, la mayor agencia de noticias del mundo, que fue replicado por importantes medios como la propia BBC. El siguiente vídeo incluye las explicaciones de Porter y rechaza las hipótesis conspirativas recogiendo otras informaciones falsas de la jornada.

Pero estas explicaciones no son suficientes. En primer lugar, la BBC se limita a señalar que su equipo sólo se hizo eco de una noticia de Reuters que, a su vez, se basaba en “una noticia local”. Por supuesto, nada hace pensar que los periodistas de la BBC, incluyendo Phil Hayton y Jane Standley, actuaron de mala fe. En una jornada tan convulsa con semejante aluvión de informaciones inciertas, no cabe culparles de nada. Es absurdo pensar que la BBC al completo, incluyendo el presentador y la corresponsal, participaran en un complot mediático. Sin embargo, la verdadera incógnita ha quedado sin respuesta: ¿cómo sabían las fuentes de esa “noticia local” que el edificio 7 se iba a desplomar? ¿Dónde nació esa noticia que adelantó en casi media hora el derrumbe? Porque el vídeo da cuenta de otras informaciones que salieron de las agencias de noticias y que resultaron ser falsas, pero el colapso del WTC 7 sí sucedió. ¿A quién hay que felicitar por la mayor primicia de la historia universal del periodismo? Los testimonios de los bomberos y policías que aquel día aseguraron que el desplome del edificio 7 era inminente no tienen demasiada verosimilitud. Nunca antes en la historia del urbanismo moderno la estructura de un rascacielos se había quebrado por causa de un incendio, y el del edificio 7 no era el más grave, ni mucho menos, de los que se habían producido en el pasado. Ni siquiera los 343 bomberos que murieron en la Zona Cero consideraban esa hipótesis cuando entraron en las Torres Gemelas a hacer su trabajo.

En el citado documental de la BBC, Jane Standley denuncia “el nivel de persecución y virulencia” a la que fue sometida en los años siguientes del 11-S por las “ridículas conspiraciones” que se habían creado “a partir de un error muy pequeño y honesto”. Por supuesto, y como ya se ha dicho, acusar a Standley de formar parte de una presunta conspiración para ocultar las auténticas razones de lo sucedido en el edificio 7 es injusto y absurdo. Pero ella tampoco pudo arrojar ninguna luz sobre el origen de esa información anticipada.

Más sorprendente es el testimonio que ofreció Phil Hayton en una entrevista realizada en 2008 por el colectivo We Are Change UK. Preguntado por las circunstancias de la jornada, Hayton asegura en un principio no haber trabajado el 11 de septiembre de 2001; sostiene que estaba en el teatro al conocer la noticia y que luego se fue a su casa. Después recula y admite que entró en el estudio por la tarde. Pero aun así, afirma no recordar nada sobre el anticipado derrumbe del edificio 7 o sobre la conexión en directo con Standley. Si todos nosotros recordamos vívidamente dónde estábamos y qué hacíamos aquel día, ¿cómo es posible que lo olvide un periodista que informó en directo sobre el acontecimiento más brutal y trascendente de nuestra era?

Conclusión

Cualquier conclusión sobre lo sucedido en el edificio 7 es especulativa. Al analizar una operación de falsa bandera lo máximo que uno puede llegar a probar es la inconsistencia y contradicción del relato oficial. Lo que se oculta tras las costuras casi siempre pertenecerá al terreno de lo incierto. La especulación tiene muy mala fama en los ámbitos de la política, el terrorismo o el periodismo, mientras que es una de las principales herramientas que, por ejemplo, utilizan los científicos hasta que sus investigaciones les conducen a hallazgos. A los periodistas rara vez se nos permite manejar la licencia de las hipótesis. La naturaleza de nuestro trabajo nos pega la nariz de tal manera a la actualidad que estamos obligados a presentar certezas de forma inmediata. Y existen fenómenos que sólo pueden desentrañarse alejando el foco y adquiriendo una perspectiva más amplia. Es ahí donde la misión del periodista se entrelaza con la del historiador.

Respecto al edificio 7, dejaré que mi conclusión hable por boca de Morgan Reynolds, economista que trabajó para la Administración Bush en 2001-2002 e investigador del 11-S escéptico con la versión oficial: “Una teoría lógica es que los autores [del atentado] utilizaron el búnker de la Oficina de Gestión de Emergencias (OEM) para activar la implosión de las Torres Gemelas y después destruyeron el edificio para ocultar sus crímenes, del mismo modo que un asesino prende fuego a la casa de su víctima. Ese lugar secreto era perfecto porque había sido evacuado a las 9:45 de la mañana, permitía trabajar sin molestias, estaba en primera fila del lugar de los hechos, estaba a prueba de bombas y balas, tenía su propio suministro de aire y agua y podía resistir vientos de hasta 260 kilómetros por hora, algo imprescindible para soportar las ráfagas generadas por el derrumbe de las Torres”.

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1 reply »

  1. Es sin duda uno de los principales argumentos de los defensores de la comisión oficial; para que una conspiración funcione tiene que ser conocida por un número reducido de personas y , según ellos, en este caso había demasiados frentes abiertos como para creer en ella.

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