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Abdeslam el Escurridizo

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Salah Abdeslam, uno de los supuestos participantes en los ataques terroristas de París en noviembre de 2015.

(Estaba escribiendo esta entrada cuando se produjo el atentado del Manchester Arena. La investigación de la masacre repite los patrones de otros atentados presuntamente yihadistas: desde la filtración de las principales informaciones por parte de fuentes anónimas de Estados Unidos, que en este caso ha creado un conflicto diplomático con el Reino Unido, hasta la casi inmediata identificación del presunto autor que, al igual que en otros muchos casos, por lo visto llevaba encima su indestructible documento de identidad al inmolarse. De nuevo, un presunto autor de la matanza con una trayectoria vital más bien errática, con hábitos muy lejanos al de un fiel observante de la fe islámica. “Radicalización exprés”, sostienen una vez más los expertos en terrorismo yihadista, siempre en la órbita de institutos militares y think tanks de corte atlantista. Y, por supuesto, una vez más, el sospechoso habría estado bajo el radar de los servicios de inteligencia, que habrían incurrido en otra imperdonable cascada de errores).

Hace poco perdí una apuesta con un amigo. Acababan de producirse los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París, que causaron 130 víctimas inocentes. Uno de los presuntos terroristas implicados, Salah Abdeslam, había supuestamente escapado en coche del centro de la ciudad junto a algunos de sus cómplices. Le dije a mi amigo, que también había seguido de cerca los acontecimientos: “Te apuesto una cena a que no sale vivo de esta”.

Casi un año antes había tenido lugar la masacre de Charlie Hebdo, también en la capital francesa. En esta ocasión, tanto los presuntos autores del ataque a la revista, los hermanos Kouachi, como el presunto terrorista que secuestró un supermercado judío dos días más tarde, Amedy Coulibaly, fallecieron presuntamente en tiroteos con las fuerzas francesas. Sin ánimo de dármelas de listo, en ambos casos predije que los presuntos asaltantes iban a acabar muertos (o, por ser más precisos, que las autoridades iban a informar de su muerte). Los entierros de los tres presuntos terroristas se produjeron en lugares secretos, presuntamente para que sus tumbas no se convirtieran en centros de peregrinaje y culto para ‘soldados’ de la causa yihadista. Ese mismo argumento justificó el presunto vertido al mar del cadáver de Osama bin Laden después de haber sido presuntamente abatido por los Navy SEALS en Abbottabad, Pakistán. (El relato oficial del asalto americano a la guarida del líder de Al Qaeda fue cuestionado por el premio Pulitzer Seymour Hersh, especialista en información militar, que fue desacreditado en todo tipo de medios, El País incluido).

Desde el 11-S, cuando presuntamente Mohammed Atta y sus cómplices llevaron el modus operandi de morir matando a cotas inéditas de maldad y destrucción, rara vez algún miembro de las sucesivas células yihadistas que presuntamente han cometido atentados en Occidente ha sido atrapado vivo e interrogado por las fuerzas de seguridad. No sucedió en el 11-M de Madrid, cuando los terroristas presuntamente renunciaron a inmolarse en el momento del atentado, ése que les llevaría al Paraíso, pero presuntamente sí lo hicieron un mes después en Leganés, asediados por la Policía. Abdelmajid Bouchar, el único de los ocho presuntos terroristas que no murió en la explosión, al haber escapado de la zona tras bajar la basura a la calle, sólo fue condenado por pertenencia a banda armada y suministro de explosivos, no por haber sido uno de los autores materiales del atentado. Los muertos (El Chino, El Tunecino, Kounjaa, Lamari…) sí lo habían sido, según los tribunales. ¡Casualidades de la vida!

Tampoco sucedió el 13 de noviembre de 2015 junto al Stade de France de París, cuando tres presuntos terroristas fueron interceptados por un imaginario guardia de seguridad y rechazaron su plan original, ése que les llevaría al Paraíso, para saltar por los aires ellos solitos, dejando tras de sí otro de esos documentos de identidad a prueba de bombas. Ambos episodios contravenían gravemente la lógica interna del islamismo más radical, que premia a quienes dan su vida para matar a infieles.

Con estos precedentes, no era descabellado apostar por la muerte de Salah Abdeslam. Los muertos son muy buenos colaboradores a la hora de establecer el relato oficial de un atentado perpetrado por terroristas suicidas: es difícil que lo cuestionen desde la tumba. Mi hipótesis siempre ha sido que estos jóvenes de origen árabe, muchos de ellos delincuentes de baja estofa (y por lo tanto, fichados por los servicios policiales), indiferentes a la práctica religiosa y con rasgos intelectuales muy lejanos a los de un hábil orquestador de complots terroristas, no son los autores de los atentados que se les atribuyen. No son más que chivos expiatorios, cabezas de turco cuyas fotografías e historiales (fabricados) de lealtad a organizaciones como Al Qaeda o el ISIS son difundidos masivamente para provocar un impacto en la opinión pública y la clase política. El objetivo último de cualquier operación de falsa bandera. Posiblemente los elegidos ya estén muertos antes de la ejecución de los verdaderos atentados, perpetrados por profesionales con formación militar.

No obstante, ya escribí en este blog que al hablar de estos asuntos es arriesgado partir de conclusiones preestablecidas. Por lo tanto, si me equivoqué en el caso de Abdeslam, puedo estarlo respecto a todo lo demás. En ese caso, habría que creer que lo que contaron los medios sobre él en las semanas posteriores a los atentados de París es la verdad. Repasemos, pues, los orígenes y las peripecias de este fugitivo, ateniéndonos escrupulosamente a lo publicado. Y que cada cual saque sus conclusiones.

El fugitivo

Según los medios de comunicación europeos, citando siempre fuentes de los servicios de inteligencia estadounidenses, franceses y de otros países europeos, Salah Abdeslam era un terrorista islamista de 26 años que, junto con otros siete cómplices (uno de ellos, su propio hermano), asesinó a 130 personas en París el 13 de noviembre de 2015.

De ascendendia marroquí, Abdeslam nació en Bruselas y se crió en el barrio de Molenbeek, conocido por su alta densidad de población musulmana y sus elevados índices de desempleo y delincuencia. Su padre era conductor de tren. La familia era religiosa pero no demasiado observante. En 2001, cuando tenía once años, Salah empezó a trabajar de mecánico en el servicio de tranvías de la ciudad. Fue despedido por “ausencias reiteradas e injustificadas”. Él y su hermano Ibrahim estudiaron un módulo de electricidad, pero nunca se mostraron muy interesados en el oficio, y durante gran parte de su edad adulta vivieron del subsidio de paro. Según sus amigos, Salah “fumaba y bebía muchísimo” y pasaba las horas jugando a videojuegos y viendo Youtube. Nunca le habían visto rezando, leyendo el Corán ni visitando la mezquita.

Según una fuente anónima del barrio, Salah e Ibrahim “se radicalizaron en tiempo récord, sin cambiar de forma de vestir o de actuar”. “Seguían saliendo por las noches y viéndose con chicas”, aseguró. Sus favoritas, por lo visto, eran “las rubias” que trabajaban en el centro de Bruselas. En febrero de 2015, un mes y medio después de la masacre de Charlie Hebdo, Abdeslam fue identificado por primera vez por los servicios policiales belgas, y en julio fue interrogado dos veces por posesión de cannabis. Un agente aseguró que la policía bruselense “conocía perfectamente” a ambos hermanos, que eran “unos pringados, unos delincuentes comunes que bebían, fumaban, se drogaban, trapicheaban”. (El islam condena taxativamente el consumo de drogas y alcohol, consideradas sustancias harâm, es decir, prohibidas).

El 4 de noviembre de 2015, nueve días antes de los atentados, Salah y dos de sus hermanos, Ibrahim y Mohamed, vendieron a un hombre llamado Batis Rida el bar que poseían: Les Béguines, situado en el número 47 de la calle del mismo nombre. Allí es donde los dos hermanos vendían droga y se reunían con sus amigos para ver partidos de la Champions, “jugar a la Playstation en los sofás y beber cerveza”. Al día siguiente, la Policía belga clausuró el local por “consumo de sustancias alucinógenas prohibidas”. Su exnovia declaró posteriormente que el día 10 Salah estaba “especialmente sensible” pero que nunca pensó “que se estaba radicalizando”.

El día 12, una cámara le grabó caminando en el centro de París, frente al restaurante Le Carillon, que horas más tarde sería atacado. En las imágenes, difundidas en exclusiva por la cadena británica Sky News, Salah aperece afeitado, con las sienes rasuradas y con el pelo muy corto. Esboza una leve sonrisa mirando a cámara.

Abdeslam alquiló el Volkswagen Polo del comando que el viernes 13 de noviembre atacó la sala Bataclan, y también un Clio encontrado al norte de París horas después de los atentados. Acompañó a los kamikazes del Stade de France, donde se celebraba el partido Francia-Alemania, que detonaron sus cinturones explosivos cuando, según The Wall Street Journal, un guardia de seguridad llamado Zouheir detectó a uno de ellos y les impidió el paso. Los tres kamikazes renunciaron a la masacre y decidieron acabar con sus propias vidas en las inmediaciones del estadio. Hasta la fecha no se ha difundido ninguna grabación de las cámaras de seguridad del estadio que recoja ese momento.

A las 22.30, mientras se producía la matanza de Bataclan, Abdeslam llamó a dos cómplices para que le rescataran. Las fuerzas de seguridad ofrecieron varias teorías sobre las razones de su huida. Algunos consideraron que “le entró miedo”, pese a que otras fuentes señalaron que los terroristas habían tomado Captagon, una droga supuestamente usada por los yihadistas para inhibir las sensaciones de temor. En cualquier caso, el relato policial, filtrado a Le Parisien, aseguró que dos amigos belgas, Mohamed Amri y Hamza Attou (un traficante de drogas y un delincuente común), viajaron de Molenbeek a París (312 kilómetros) en un Golf gris. Abdeslam se habría jactado ante ellos de haber matado a tiros a varias personas. Durante el viaje de regreso a Bruselas, la policía francesa detuvo, interrogó y dejó libre en tres ocasiones a Abdeslam y sus cómplices. En una de las detenciones, éstos reconocieron a los agentes haber fumado “algún porro” y, tras una reprimenda, pudieron continuar.

La cadena francesa BFMTV publicó las primeras imágenes de Abdeslam y sus compinches tras la matanza, grabadas en la madrugada del sábado 14. Es decir, pocas horas después. Se les veía en una gasolinera cerca de la frontera francesa con Bélgica. El hombre identificado como Abdeslam aparecía con las manos en los bolsillos de la cazadora, y le habían crecido notablemente la barba y el cabello en comparación con las imágenes del restaurante Le Carillon, apenas 48 horas antes.

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A la izquierda, Salah Abdeslam el día 12, según Sky News. A la derecha, Salah Abdeslam el día 14, según BFMTV.

Según aseguraría después el abogado de uno de los detenidos, tanto Abdeslam como Attou, que entró con él a la tienda mientras Amri llenaba el depósito, tenían los ojos hinchados porque habían fumado marihuana. El letrado admitió que Attouh y Amri acudieron a París a buscar a Salah, pero que no tienen ninguna relación con los atentados.

El ministro de Justicia de Bélgica, Koen Geen, explicó que, en la noche del domingo 15 al lunes 16, Abdeslam estuvo localizado por las fuerzas de seguridad belgas en el número 47 de la calle Delaunoy, pero que no pudo ser arrestado porque las leyes del país prohíben las operaciones policiales entre las 21.00 y las 5.00. La cadena belga RTBF, que aseguró tener acceso al expediente de la investigación, informó de que el fugitivo escapó de la policía escondido dentro de un armario, aprovechando una mudanza en un domicilio cercano.

Después de cuatro meses con todas las fuerzas de seguridad de Europa en sus talones, la detención de Salah Abdeslam se produjo el 18 de marzo de 2016, tras una redada policial en su barrio de origen, Molenbeek. Las autoridades dieron con él tras encontrar restos de su ADN en otra operación realizada tres días antes en un apartamento del distrito de Forest, donde se hallaron un pasaporte sirio falso y un carnet de identidad belga a nombre de un cómplice de Abdeslam.

Una semana después, la cadena BFMTV publicó en exclusiva las presuntas primeras declaraciones de Abdeslam tras ser arrestado, en las que confesaba que renunció a inmolarse cuando llegó a las inmediaciones del Stade de France. “Renuncié cuando aparqué el coche. Dejé a mis tres pasajeros, después volví a arrancar. Conduje al azar, hasta que aparqué no sé dónde”, aseguró. Más tarde vagó por el metro, según su testimonio, hasta que “contacté a una única persona, Mohammed Abrini”. Según sus declaraciones, el principal organizador de la masacre de París fue Abdelhamid Abaaoud, abatido por la Policía francesa en Saint-Denis cinco días después de los atentados.

En enero de 2016, cuando Abdeslam aún estaba en busca y captura, la revista Dabiq, afín al Estado Islámico, publicó una suerte de cartel cinematográfico en el que, bajo el título “Solo terror”, figuraban algunos de los autores del atentado, con Abaaoud, rebautizado como Abu Omar al Baljiki, en el papel protagonista. No obstante, no aparecía por ningún lado Salah Abdeslam, presuntamente un elemento clave del ataque.

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Un año después, en enero de 2017, el diario Libération publicó una presunta carta que Salah Abdeslam habría escrito a una interlocutora no identificada. En la misiva, el presunto terrorista describía su estado de ánimo (“no tengo miedo de que salga algo de mí porque no tengo vergüenza de lo que soy y, además, qué se podría decir peor de lo que ya se dice”) y preguntaba a su destinataria por sus intenciones, aludiendo a su profunda fe musulmana: “Es para asegurarme de que no me quieres como si fuera una estrella o un ídolo, porque recibo correos de ese tipo que no me parecen bien porque el único que merece que lo adoren es Alá, señor del universo”. En marzo, la revista Le Point publicó otra carta, presuntamente hallada por la policía en el apartamento de Forest y dirigida a su madre, en la que justificaba los atentados por considerar a Francia “un pueblo de infieles”.

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3 replies »

  1. Necesario seguir los “altercados de Londres ” hasta confirmación de ataque terrorista. Situaciones similares. Modus operandi similar. Toda la información que podamos recapitular puede ser útil para contrastar fuentes oficiales. Os ánimo a seguir la web y aportar datos. Agradecido inmesamente al trabajo de Yago.

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  2. No estoy seguro, pero tal vez tenga que ver con una posible implicación de Reino Unido en la guerra de Siria una vez que abandone la tutela de la UE. O con su aportación a la OTAN. Me llamó la atención, por ejemplo, que el atentado de Manchester coincidió justo entre la visita de Trump a Oriente Próximo y la cumbre de la OTAN en Bruselas, donde se debatió sobre la lucha contra el ISIS.

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