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Swap Airlines (Parte III)

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(Viene de ‘Swap Airlines: Parte II’)

 

Barbara Olson fue la primera víctima del 11-S cuyo nombre trascendió.

Su marido, Ted Olson, llevaba tres meses como Procurador General de Estados Unidos, un cargo público dependiente del Departamento de Justicia. El 11 de septiembre de 2001, Barbara, una conocida periodista de 45 años, viajaba a bordo del American Airlines 77 que había despegado a las 8:20 del aeropuerto Dulles de Washington D.C. con destino Los Ángeles. Después del presunto impacto del avión en el Pentágono, Ted Olson dijo a la CNN que Barbara le había llamado desde su teléfono móvil para informarle de que unos terroristas habían secuestrado el vuelo. El día 14, en el programa Hannity & Colmes de Fox News, Olson aseguró que su esposa había logrado contactar con él al llamar a cobro revertido al Departamento de Justicia, por lo que habría usado un “teléfono del avión” al asumir que ella “no tenía acceso a su tarjeta de crédito”. (Esa versión no sólo contradice la anterior, sino que se contradice a sí misma, ya que en aquel momento los teléfonos de los asientos sólo podían funcionar mediante la tarjeta de crédito). Ese mismo día, en el famoso programa de Larry King en la CNN, Olson declaró que la llamada se había cortado abruptamente “porque la señal de los teléfonos móviles en los aviones no funciona demasiado bien”. La versión que quedaría para la posteridad es que Barbara había llamado desde un teléfono fijo, tal como relató Olson al periodista Toby Harnden para un reportaje de The Telegraph publicado a comienzos de 2002.

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La periodista Barbara Olson, pasajera en el vuelo American Airlines 77, que presuntamente se estrelló en el Pentágono.

El mismo día de los atentados, como tantos otros familiares y amigos de las víctimas, Olson fue interrogado por el FBI, a quien aseguró que su esposa había llamado dos veces desde el AA 77. Sin embargo, cinco años después, y como sucedería con otros testimonios de los pasajeros de los aviones secuestrados, los hechos que presentó el FBI en el juicio contra Zacarias Moussaoui, “el terrorista número 20”, eran muy diferentes. En esta segunda versión, el FBI afirmaba que Barbara Olson sólo había hecho una llamada a su marido y que ésta había durado “0 segundos”; es decir, que en ningún momento la llamada había logrado conectarse.

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Informe de la entrevista del FBI a Ted Olson realizada el mismo 11 de septiembre de 2001, que recoge su testimonio sobre la presunta conversación telefónica con su mujer. El texto indica que Olson “cogió la llamada de su esposa y habló con ella durante un minuto”. Más adelante señala que hubo una segunda llamada.

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Diapositiva elaborada por el FBI para el juicio a Zacarias Moussaoui (2006) sobre la llamada telefónica de Barbara Olson desde el AA77. La información indica que la llamada duró “0 segundos”.

No sólo existen contradicciones dentro de la versión oficial sobre el hecho de que Barbara Olson llamara o no a su marido. El propio contenido de la presunta conversación telefónica entre ambos también es puesta en cuestión. En las mencionadas declaraciones a la CNN, Ted Olson afirmaría que, según su mujer, “todos los pasajeros y los miembros de la tripulación, incluidos los pilotos, fueron trasladados a la parte trasera del avión por los secuestradores. Las únicas armas que ella mencionó fueron cuchillos y cúters”. De esto se deduce que 59 personas (53 pasajeros y seis miembros de la tripulación) fueron movilizadas a la fuerza por parte de tres o cuatro secuestradores (teniendo en cuenta que supuestamente había cinco terroristas, uno o dos de ellos tendrían que haber entrado en cabina para pilotar el avión).

Esto es algo difícil de creer teniendo en cuenta que, según la Comisión Parlamentaria del 11-S (página 231), “los secuestradores no eran físicamente imponentes; la mayoría medía entre 1,67 y 1,73 metros y tenía una complexión delgada”, y que el piloto del avión, Charles “Chic” Burlingame, era boxeador aficionado y levantador de pesas. El almirante Timothy J. Keating, militar de larga trayectoria y comandante del NORAD entre 2004 y 2007, había sido compañero de Burlingame tanto en la escuela como en la Armada y había boxeado con él en más de una ocasión. En una entrevista en la CNN en 2006, Keating aseguraría que el piloto “era muy duro” y que “los terroristas tenían que haber hecho un esfuerzo sobrehumano para sacarle de la cabina, no me cabe duda”. (Curiosamente, la mañana del 11 de septiembre Keating se encontraba en el Centro de Operaciones de la Armada, situado en el ala del Pentágono que recibió el presunto impacto del AA 77). En la misma línea, el hermano de Chic, Mark, declararía lo siguiente: “No sé qué pasó en esa cabina, pero estoy seguro de que tuvieron que incapacitarle o matarle porque él habría hecho cualquier cosa para evitar esa tragedia”.

Los propios historiadores oficiales del Departamento de Defensa, con el veterano militar Alfred Goldberg a la cabeza, publicaron en 2007 un libro sobre lo sucedido en el Pentágono acorde con la versión oficial global del 11-S. No obstante, su relato discrepaba del testimonio ofrecido por Olson seis años antes y afirmaba que “los terroristas incapacitaron o bien asesinaron a los dos pilotos”.

Por lo tanto, ¿por qué Ted Olson aseguró el mismo 11 de septiembre que, según le había supuestamente contado su propia mujer desde el AA 77, los pilotos habían sido empujados a la parte trasera del avión? ¿Mintió entonces Ted Olson? Si fue así, ¿por qué motivo? ¿O tal vez no dicen verdad los responsables del departamento histórico del Pentágono? La razón por la que estas preguntas no son superficiales es que todo lo que la versión oficial del 11-S sostiene sobre lo ocurrido con el AA 77 procede de ese presunto testimonio inicial, tan pegado a los hechos, de Barbara Olson. La versión oficial dice que el AA 77 fue secuestrado por terroristas armados con cuchillos porque Barbara Olson se lo dijo a su marido, y la versión oficial dice que el AA77 se estrelló contra el Pentágono porque Barbara Olson aseguró a su marido que el avión (con origen Washington D.C. y destino Los Angeles) estaba “sobrevolando casas” y regresando “al noreste”, tal como consta en el mencionado informe del FBI.

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Extracto del informe del FBI sobre el interrogatorio a Ted Olson. Al preguntarle por la ubicación de avión, “ella dijo que estaban sobrevolando casas y preguntó a alguien en el avión, quien dijo que estaban viajando con dirección noreste”.

El piloto del C-130

Existe otro pequeño indicio esgrimido por la versión oficial para sostener que un Boeing 757 (el modelo del AA 77) impactó contra el Pentágono. Según la Comisión del 11-S (páginas 25-26), cuando ya habían pasado varios minutos desde que se perdiera la señal del vuelo AA 77, los controladores del aeropuerto Dulles identificaron “un objeto volando en dirección este a una gran velocidad”. La torre de control del aeropuerto Ronald Reagan, también en Washington D.C., ordenó a un avión de transporte C-130 Hércules, que había despegado unos minutos antes de la cercana base militar de Andrews, que tratara de identificar a la misteriosa nave. El informe de la Comisión afirma que “el piloto del C-130 H la vio y la identificó como un Boeing 757”.

Según relató el propio piloto del C-130, el teniente coronel Steve O’Brien, en un reportaje del Star Tribune de Minnesota (su ciudad natal) publicado un año después de los atentados, el avión que avistó era un 757 o un 767 y que, por su fuselaje plateado, probablemente pertenecía a American Airlines. “Nos dijeron [los controladores del aeropuerto Reagan] que diésemos la vuelta y siguiéramos aquel avión; en más de 20 años de aviación nunca me habían pedido algo así”, declaró O’Brien.

En su trayecto hacia el Pentágono, el piloto fue informado de los ataques en Nueva York. “Con todo el follón de la Costa Este, tuve bastante dificultades para identificarlo [el AA 77]”, lo que implica que estaba a una considerable distancia del complejo militar. En ese momento preguntó a los controladores del Ronald Reagan “si debía hacer una órbita sobre el edificio a baja altura”, pero se le ordenó “abandonar la zona lo antes posible”. “Una vez atravesada la columna de humo pensé que, si se trataba de un ataque terrorista, no era una buena idea estar sobrevolando esa nube de humo”, relató. Es decir, en ningún momento O’Brien afirma haber visto el avión impactando contra el Pentágono: se limita a identificar una nave y posteriormente una humareda.

Grabaciones retenidas

La versión oficial sostiene que un Boeing 757, de aproximadamente 100 toneladas de peso, impactó a una velocidad de 853 km/h contra la fachada oeste del Pentágono, acabando con la vida de 189 personas: los 64 pasajeros (incluyendo los cinco presuntos secuestradores) y 125 empleados del centro militar.

La siguiente grabación de una de las cámaras de seguridad del Pentágono (a velocidad súper lenta) muestra el momento en el que presuntamente el AA 77 se estrella contra el edificio. Se supone que el avión es el objeto blanco que se advierte en el margen derecho de la pantalla justo antes de la explosión.

Este vídeo se filtró en 2002, pero poco después el FBI admitió que tenía en su poder grabaciones de 85 cámaras de vigilancia situadas en el entorno del complejo militar. La organización protransparencia Judicial Watch reclamó al Gobierno la desclasificación de esos vídeos amparándose en la Ley para la Libertad de Información (FOIA, por sus siglas en inglés). Pero el Departamento de Defensa sólo reveló el contenido de cuatro de esas cintas, de las cuales sólo dos contenían imágenes de interés. Las autoridades hicieron público el material una vez concluido el juicio a Zacarias Moussaoui, con el argumento de que su difusión podría haber alterado el veredicto del jurado.

Una de las grabaciones era, en realidad, una ampliación de la que se había filtrado en 2002; mientras que la otra correspondía a una cámara situada casi en el mismo punto que la anterior. Es decir, que la desclasificación no aportaba ninguna perspectiva visual nueva. El FBI alegó varios motivos para retener las 81 grabaciones restantes. Entre ellos, que 56 de ellas “no mostraban ni el edificio del Pentágono, ni el lugar del siniestro, ni el impacto del vuelo 77”; y que, de las 29 restantes, dieciséis mostraban parte del Pentágono, pero “ni la zona del impacto ni el impacto del vuelo 77”. Y de estas dieciséis, once “sólo mostraban el Pentágono después del impacto del vuelo 77”. Por ejemplo, el vídeo de la cámara del hotel Doubletree, situado al otro lado de la autopista frente al complejo militar:

Es curioso que el cuartel general de las fuerzas militares estadounidenses, posiblemente uno de los lugares más seguros y vigilados del planeta, sólo haya podido ofrecer dos grabaciones de ínfima calidad (una de ellas, de un hotel próximo) del presunto impacto de un avión de 100 toneladas contra sus muros.

“¿Dónde está el avión?”

Uno de los aspectos que siempre más ha llamado la atención de este suceso es la escasez de restos de un avión de semejantes características en los aledaños del impacto. Los analistas más escépticos con la versión oficial siempre han remarcado lo inconcebible de que se hallaran apenas extractos del fuselaje, las alas, las ruedas o los asientos de la nave. Por no hablar de la ausencia de cualquier surco o cráter en el jardín situado frente al edificio.

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Fachada oeste del Pentágono después de sufrir presuntamente el impacto del AA 77.

En marzo del año pasado, dieciséis años después de los atentados, el FBI desclasificó varias fotografías correspondientes a los trabajos de limpieza y desescombro de la jornada. En las imágenes destacaba la recogida de pequeños trozos del supuesto fuselaje del AA 77. En uno de ellos figuraba el nombre de la aerolínea.

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Presuntos restos del fuselaje del AA 77 hallados en las inmediaciones del Pentágono.

Dean Eckmann pilotaba uno de los cazas F-16 enviados desde la base aérea de Langley (Virginia) para informar de lo sucedido en el Pentágono. El piloto reportó a sus superiores que, en su opinión, la explosión se había debido “a un camión cisterna de combustible, dada la cantidad de llamas y humo que desprendía el edificio”, y al hecho de que “no había restos de ningún avión en la zona”.

La teniente coronel de las Fuerzas Aéreas Karen Kwiatkowski, que se encontraba en el Pentágono, destacó “la extraña ausencia de restos visibles en el césped, adonde acudí poco después del impacto”. “Allí no había restos ni del avión ni de su carga”.

El corresponsal de la CNN en el Pentágono, Jamie McIntyre, que también se acercó a la zona afectada, aseguró que todo lo que vio “fueron pedacitos del avión…tan pequeños que podías cogerlos con la mano”. “No había trozos grandes de la cola, ni de las alas, ni del fuselaje. No había nada de eso en la zona”.

Eileen Murphy, enfermera de la clínica DiLorenzo, ubicada en el Pentágono, ofreció el siguiente testimonio: “Sabía que se trataba de un accidente aéreo antes de llegar allí, y no tenía ni idea del aspecto que iba a tener. No podía imaginármelo porque el edificio tenía la solidez de una roca. Esperaba ver un avión, así que mi primera impresión fue: ‘¿Dónde está el avión? ¿Cómo es que no hay ningún avión?’. Pensaba que el avión lo habría detenido, así que de algún modo esperaba ver al menos una parte del avión, o tal vez su mitad, o su parte inferior. Así que fue una gran sorpresa no ver nada de eso”.

Steve DeChiaro, un empresario del sector tecnológico que esa mañana tenía una cita en el complejo militar, admitió su confusión al llegar al área del desastre: “Mi cerebro no podía concluir que se hubiera tratado de un avión, ya que sólo había un pequeño agujero en el edificio. Ni cola, ni alas ni nada”.

Incluso el mencionado libro Pentagon 9/11 de Alfred Goldberg, alineado con la versión oficial, incluía testimonios desconcertantes. Como el del capitán de bomberos Dennis Gilroy, que al llegar al lugar del siniestro se preguntó “por qué no había restos de ningún avión”. O el de su colega el capitán John Durrer: “Esperaba encontrarme con grandes trozos del avión. Me pregunté: ‘Bueno, ¿y dónde está el avión?’ Es decir, ¿dónde están sus restos? Uno esperaba encontrarse con alguno”.

La analista militar April Gallop tenía su despacho a escasos 40 metros del lugar del presunto impacto. Después dejar a su bebé de diez semanas, Elisha, en una de las guarderías del edificio, acudió a su lugar de trabajo. Tras encender su ordenador fue sacudida por una enorme explosión que derribó el techo y envolvió en llamas gran parte del recinto. “Pensé que había sido una bomba. Estaba cubierta de escombros y lo primero en lo que pensé fue en mi hijo. Me arrastré en su búsqueda y, tras escuchar su voz, le encontré. Salimos de allí por un agujero de la pared oeste del edificio”, relató Gallop al escritor Jim Marrs en 2004. En el hospital, aseguró, fue visitada varias veces por un grupo de hombres: “Nunca se identificaron ni dijeron para qué agencia trabajaban. Pero sabía que no eran periodistas porque me enteré de que el Pentágono había ordenado a la prensa que no publicaran historias de supervivientes bajo la amenaza de no suministrarles ninguna otra información. Los hombres que me visitaron dijeron que ellos no podían obligarme a decir nada, que sólo hacían sugerencias. Pero más tarde me ordenaron que cogiera el dinero [del Fondo de Compensación de Víctimas] y que me callara. También insistían en que un avión se había estrellado contra el edificio. Lo decían una y otra vez. Pero yo estuve allí y no vi ningún avión, ni siquiera restos de un avión”.

100 toneladas vaporizadas

Otro testigo, el periodista de la cadena ABC John McWethy, también afirmó que, tras acercarse al lugar del impacto, vio con sorpresa que “no había ningún avión estrellado”. No obstante, añadió una curiosa explicación de lo sucedido: “Básicamente, el avión se había vaporizado”.

Por inverosímil que parezca, varios defensores de la versión oficial han apostado por la teoría de la vaporización para explicar la escasísima presencia de restos materiales del avión. El escritor francés Thierry Meyssan, escéptico con la versión oficial, incluyó en su libro Pentagate el siguiente argumento de uno de ellos: “La intensidad del calor provocado por la explosión pudo pulverizar el avión con facilidad. Tal vez Meyssan no lo sepa, pero a 5.400º F, ¡el aluminio se convierte en gas!”. El profesor David Ray Griffin, uno de los estadounidenses que más ha investigado las contradicciones del 11-S, ha replicado que la ignición de hidrocarburos alcanza, como mucho, temperaturas de 1.800º F, un nivel muy inferior al necesario para vaporizar aluminio. Además, la propia versión oficial sostiene que las víctimas del AA 77 fueron identificadas gracias a la recogida de muestras de ADN, por lo que es imposible que un incendio tan potente como para vaporizar un avión hubiera permitido que se conservaran restos humanos.

Otros autores favorables a la versión oficial han manejado hipótesis igualmente sorprendentes. Por ejemplo, el Informe de Resistencia del Pentágono, elaborado por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles, afirmó que el impacto del avión “se asemeja a la violenta introducción en la estructura del edificio de un ‘fluido’ compuesto por combustible de aviación y fragmentos sólidos”. Y según la revista científica Popular Mechanics, la estructura externa del avión se desmenuzó “como la piel de una salchicha” al impactar con el edificio, tras lo cual la nave “penetró en la estructura en un estado más cercano al líquido que al sólido”.

 

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1 reply »

  1. Estimado Yago, es una excelente investigación, si tienes la oportunidad te sugiero que hagas algo parecido con el supuesto accidente que sufrió el general Omar Torrijos en Panamá, en el año 1981, donde una aeronave se estrella contra cerro Marta en el norte de la provincia de Coclé, se encuentran los restos del avión, sin embargo de los pasajeros solo unas libras de carne se encuentran (13 libras de Torrijos).

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