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El origen del 11-M: secretos de Irak (Parte I)

ONU irak

Un soldado estadounidense vigila el cuartel general de la ONU en Bagdad, después del atentado con coche-bomba que el 19 de agosto de 2003 acabó con la vida de 22 personas e hirió a más de un centenar.

(Nota aclaratoria: esta serie de artículos parte de la premisa de que la versión oficial sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid es completamente falsa. En España varias publicaciones han contribuido a desmontar el relato oficial de la matanza, desde los agujeros negros de Fernando Múgica en El Mundo a los artículos de Luis del Pino en Libertad Digital; pasando por libros como La cuarta trama, de José María de Pablo; Los trenes del 11-M, de Carlos Sánchez de Roda o Las cloacas del 11-M, de Ignacio López Bru. Aunque estos autores difieren respecto a la autoría del atentado, sus aportaciones son suficientes como para, sin prejuicios ideológicos ni posiciones cerriles, concluir que los hechos expuestos en el sumario y los posteriores juicio y sentencia no pueden corresponderse con la realidad de lo que sucedió. Quienes quieran documentarse al respecto tienen a su disposición esas obras, por lo que no tendría mucho sentido que este blog insistiera en las numerosas contradicciones y lagunas de la investigación oficial del 11-M, hace tiempo expuestas. Los siguientes artículos pretender ir un paso más allá y arrojar algo de luz sobre las circunstancias que, según me contó Fernando Múgica un año antes de morir, ayudan a explicar las auténticas razones del 11-M. Unas circunstancias que había que buscar unos meses antes de los atentados. En concreto, en la posguerra de Irak).

Otro Vietnam

“La batalla de Irak es una victoria en la guerra contra el terror que empezó el 11 de septiembre de 2001, y que aún continúa”. En la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln, en la costa de California, George W. Bush pronunciaba el discurso con el que daba por finalizada la invasión de Irak. A sus espaldas se alzaba un cartel con las palabras “misión cumplida”. Era el 1 de mayo de 2003. Apenas había pasado un mes y medio desde que el presidente de Estados Unidos ordenara el comienzo de los bombardeos sobre Bagdad, después de ofrecer a Saddam Hussein un ultimátum de 48 horas para abandonar el país. Ultimátum que, como era de prever, el dictador incumplió. La Operación Libertad Iraquí, como bautizó la Casa Blanca la invasión, alcanzó su cumbre propagandística el 9 de abril, cuando los soldados americanos derribaron la estatua de Hussein en la Plaza Firdos de la capital.

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Un marine tapa con una bandera estadounidense el rostro de la estatua de Saddam Hussein, en Bagdad, el 9 de abril de 2003.

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George W. Bush en el portaaviones Abraham Lincoln, donde el 1 de mayo de 2003 anunció oficialmente el final de la invasión de Irak.

La génesis de la Guerra de Irak desató una controversia mundial probablemente inédita desde la de Vietnam, cuarenta años antes. Tras los atentados de Nueva York y Washington, la Administración Bush declaró la “guerra al terrorismo” (war on terror) en cualquiera de sus formas. Después de la ocupación de Afganistán, donde presuntamente se escondía Osama Bin Laden, Bush señaló a Irak como uno de los tres integrantes de un “eje del mal” (junto a Irán y Corea del Norte) que, en su opinión, patrocinaba el terrorismo islamista de Al Qaeda y suponía la principal amenaza para las sociedades occidentales. En 2002, la ONU envió al país a un equipo de inspectores, dirigido por Hans Blix, para averiguar si el régimen de Hussein escondía armas de destrucción masiva (ADM), como sospechaba la Casa Blanca. Por supuesto, la diplomacia estadounidense desplegó todas sus herramientas para convencer a los dirigentes políticos mundiales de ello, así como de que el dictador respaldaba a los terroristas que presuntamente habían destruido las Torres Gemelas. El secretario de Estado, Colin Powell, veterano de la Guerra del Golfo, compareció en el Consejo de Seguridad de la ONU exhibiendo planos de presuntos almacenes de ADM en territorio iraquí (con los años, Powell se arrepentiría de aquella intervención, admitiendo que “nunca había visto evidencias” que sugirieran un vínculo entre el gobierno de Hussein y Al Qaeda). El enfrentamiento entre Estados Unidos y la ONU alcanzó grandes cotas de tensión verbal: en febrero de 2003, Bush llegó a advertir a la organización de que corría el riesgo de volverse “un irrelevante club de debate”.

Millones de personas en todo el mundo salieron a la calle para condenar una guerra que consideraban injustificada y promovida por intereses económicos. El Papa Juan Pablo II alertó de que el conflicto suponía “una amenaza para el futuro de la Humanidad”. En España, el “No a la guerra” aglutinó a toda la izquierda e incluso a parte de la propia derecha en contra del gobierno de Aznar, que se había alineado con Washington principalmente por dos motivos: para recabar su apoyo en la lucha contra ETA y para aumentar la influencia española tanto en el Atlántico como el seno de la Unión Europea, como contrapeso al binomio francoalemán. Más allá de intereses estratégicos, también había miembros del gobierno español que compartían el pensamiento neocon de la Administración Bush: una mezcolanza de conservadurismo moral (de carácter más bien protestante), liberalismo económico y militarismo que, una vez desaparecida la URSS, apuntaba al fundamentalismo islámico como principal enemigo del siglo XXI.

La posición de la Casa Blanca sobre Irak dividió no sólo a la opinión pública norteamericana, sino a Europa. Francia y Alemania, entonces respectivamente gobernadas por Jacques Chirac y Gerhard Schröder, consideraban que la invasión violaba la legalidad internacional al no contar con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, y que la Administración Bush actuaba de una manera “unilateral”. Por su parte, Reino Unido, España, Italia, Portugal, Dinamarca, Hungría, Ucrania y Polonia apoyaron a Washington. La imagen más célebre de la coalición a favor de la guerra tuvo como protagonistas a Bush, Tony Blair, José María Aznar y Jose Manuel Durão Barroso, reunidos en las Azores el 16 de marzo de 2003. Cuatro días después comenzarían los bombardeos.

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Jose Manuel Durão Barroso, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar en las islas Azores, el 16 de marzo de 2003.

Lejos de lo que aseguró el presidente americano a bordo del Abraham Lincoln, el derrocamiento de Hussein no significó ni mucho menos el final de la guerra. Desmanteladas las estructuras estatales que habían regido el país durante décadas, y con una población dividida en suníes, chiíes y kurdos, Irak se adentró en el caos. El pillaje y la violencia entre distintos grupos étnicos y políticos proliferaron por doquier. Con el supuesto objetivo de recuperar el orden y garantizar una transición a un sistema democrático, Estados Unidos estableció la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA), una especie de gobierno interino gestionado por el americano Paul Bremer. Pero la misión resultó un desastre. Como explica en su libro Mission Failure el profesor Michael Mandelbaum, de la Universidad Johns Hopkins, “prácticamente ninguno de los americanos encargados de reconstruir Irak pudo comunicarse directamente con la población local, ya que no hablaban árabe. Apenas unos pocos miembros de la CPA tenían conocimientos de la lengua local y experiencia en la región (…). La mayoría de los miembros de la CPA no sólo no hablaban el idioma de los iraquíes, sino que apenas conocieron a alguno. Los americanos vivían, trabajaban y rara vez abandonaban un área altamente fortificada del centro de Bagdad llamada la Zona Verde. Dicha zona había sido el centro de operaciones de Hussein, y cuando la invasión terminó, Estados Unidos la ocupó con el mismo propósito. La Zona Verde se convirtió en un trocito de Estados Unidos (desde luego, del Estados Unidos más escorado hacia la derecha: el canal que se veía era Fox News) instalado en Oriente Próximo, pero al mismo tiempo aislado de él. Tal vez no era la base ideal desde la que acometer la súbita transformación que Estados Unidos buscaba con la llegada de Bremer. La mayoría del personal de la CPA llegó a Irak sin saber prácticamente nada del país y, en muchos casos, se marchó sin haber aprendido demasiado”.

El ‘James Bond’ brasileño

Sergio Vieira de Mello era el perfil opuesto; podría decirse que se había caído de bebé en la marmita del cosmopolitismo. Nacido en Rio de Janeiro en 1948, era hijo de diplomático, lo que le llevó a pasar su infancia y juventud en varias ciudades: Roma, Ginebra, Milán, Buenos Aires, Beirut… A los tres años ya sabía canciones en cuatro idiomas. Estudió Filosofía en La Sorbona (París) y vivió de lleno la agitación de Mayo del 68, tirando piedras a la policía y asumiendo las ideas contestatarias y antiimperialistas que dominaban el ambiente. A los 21 años comenzó a trabajar en el Alto Comisionado para Refugiados de Naciones Unidos, organización a la que consagraría el resto de su vida. Su labor le llevó a conocer sobre el terreno los conflictos políticos y las crisis humanitarias de Bangladesh, Sudán, Mozambique, Camboya, Yugoslavia y Timor Oriental, entre otros países. Apuesto y carismático, su biógrafa Samantha Power le definió como “una mezcla de James Bond y Bobby Kennedy”.

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Sergio Vieira de Mello, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y, en el momento de su muerte, Representante Especial para Irak.

En mayo de 2003, a los 55 años, Vieira de Mello fue nombrado Representante Especial para Irak del secretario general de la ONU, Kofi Annan. En otras palabras, el brasileño se convirtió en los ojos y los oídos de Naciones Unidas en el país, velando especialmente por la reconstrucción de las infraestructuras y la mejora de las condiciones de vida de los iraquíes. Era conocida su postura crítica con la actuación de Washington en la guerra. Unos meses atrás, poco antes de reunirse con Bush y Condolezza Rice en la Casa Blanca, había advertido en una entrevista de que “Estados Unidos, que es una democracia, no puede tener una política en la que el fin justifica los medios. A pesar del trauma del 11-S, el fin no justifica los medios, porque entonces se debilita la democracia (…) Mi estilo no es el de un tribunal que abre la ventana y empieza a gritar condenas y acusaciones, aunque de vez en cuando deberé hacerlo. Mi método es conseguir resultados, persuadir”.

Ya en Irak, Vieira de Mello se preocupó de dejar clara la independencia de su cometido. En una rueda de prensa en Bagdad, un periodista le preguntó si la misión de la ONU era una mera tapadera de la ocupación americana, a lo que el brasileño respondió airado: “Naciones Unidas, su secretario general y Sergio Vieira de Mello, su representante, no son la marioneta ni la tapadera de nadie, ¿de acuerdo? Somos una organización independiente. El secretario general Kofi Annan y yo somos independientes de cualquiera. Así que no sugiera ni por un segundo que estamos aquí para apoyar a Estados Unidos o a la coalición”.

Masacre en el Hotel Canal

El Hotel Canal, ubicado cerca de la Zona Verde, era el cuartel general de la ONU en Irak. Ya había albergado a inspectores de la organización una década antes, durante la Guerra del Golfo. En el edificio, donde se ubicaba el despacho de Vieira de Mello y del resto de funcionarios, trabajaban unas 300 personas. Era, por tanto, un lugar muy frecuentado por periodistas y diplomáticos.

El martes 19 de agosto de 2003 era un día normal en el Hotel Canal, dentro de lo normal que puede ser una jornada de trabajo en un país en guerra. Una de las salas acogía una rueda de prensa sobre las necesidades materiales de los iraquíes y los riesgos de las minas antipersona. Vieira de Mello estaba en su despacho. Tenía prevista una reunión con el administrador de la CPA, Paul Bremer, pero a última hora recibió una llamada del equipo de éste para cancelar la cita. El brasileño llamó a su mujer, Carolina Larriera, que también trabajaba en el edificio, para decirle que podía comer algo rápido con ella.

El almuerzo nunca se produciría. A las 16.42 hora local, una monstruosa explosión destrozó tres pisos del edificio, sepultando a decenas de personas bajo kilos de cemento y sumiéndolo todo en un agujero de polvo, oscuridad, gritos de pánico y lamentos de dolor. El siguiente vídeo de la CBS muestra el momento del atentado en el transcurso de la rueda de prensa mencionada:

La bomba provocó una enorme y negra humareda visible desde varias partes de Bagdad, y la zona fue inmediatamente cercada por las fuerzas americanas. Tal como relató al día siguiente el enviado especial de El País, Ramón Lobo, “siete helicópteros artillados estadounidenses volaban en círculos, a veces muy bajo, alrededor del hotel Canal (…) Decenas de blindados, carros de combate y vehículos todoterreno tomaron posiciones y bloquearon el tráfico en tres kilómetros a la redonda en plena hora punta. Soldados estadounidenses con el arma calada impedían el paso y apuntaban a los curiosos que se agolpaban en los puentes. Algunos patrullaban de un lado para otro con un hombre asomado en la torreta y pistola en mano. Dos carriles quedaron expeditos para la entrada y salida de decenas de ambulancias, que eran minuciosamente registradas por las tropas antes de permitirles el acceso. Los heridos más graves eran evacuados en camillas por militares hacia helicópteros de transporte. Los soldados temían la presencia de un segundo coche bomba en el área, que no se confirmó”.

Las autoridades americanas también decidieron que, al haber víctimas civiles estadounidenses y al carecer la ONU de medios suficientes para ello, la delegación del FBI en Irak tomara las riendas de la investigación del atentado. Apenas unas horas después del ataque, Paul Bremer sugirió que Vieira de Mello había sido su objetivo principal, y apuntó a grupos leales a Saddam Hussein como posibles autores. De ser cierto lo primero, los terroristas habían cumplido su misión: el diplomático brasileño murió tras varias horas atrapado bajo los escombros. Era uno de los 22 muertos del Hotel Canal. Con él desaparecía el principal mediador entre la ONU y Estados Unidos sobre la cuestión iraquí. Además, muchos analistas vieron en el atentado el final de la inmunidad ante el terrorismo supuestamente islamista de la que la ONU había gozado desde su creación. Algo muy relevante para países como Israel, que siempre habían considerado a Naciones Unidas como un defensor acérrimo de la causa palestina.

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Área del Hotel Canal devastada por la explosión.

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Infografia de El Mundo.

Lo único que quedó claro del modus operandi del atentado es que un vehículo lleno de explosivos había atravesado uno de los muros que protegían el edificio justo a la altura del despacho de Vieira de Mello, situado en la tercera planta. El resto está sumido en la confusión. Según la crónica de Ramón Lobo, publicada al día siguiente, “algunos testigos hablan de una hormigonera de color rojo”. Más adelante añadía: “Como sucediera hace 12 días en el atentado contra la Embajada jordana en Bagdad, en el que murieron 14 personas, ningún grupo ha reclamado la autoría del mismo. Algunos testigos afirman que el explosivo estaba escondido en una hormigonera que entró por una calle angosta entre el Hotel Canal y el hospital vecino, donde la seguridad era escasa. Otros mencionan un coche. Nadie vio al conductor bajarse del vehículo. Parece que se trata de un atentado suicida, aunque no hay confirmación oficial”.

Pese a no haber tal confirmación, el primer sumario de la portada de El País del 20 de agosto destacaba: “Un vehículo con el explosivos, conducido por un terrorista suicida, según EEUU, estalla bajo la ventana del diplomático”. img_0133-e1532685028264.jpg

[Encontré dicha portada gracias a una búsqueda en Google ya que, por alguna razón, los ejemplares de los días 19 y 20 de agosto de 2003 de El País no están disponibles en su hemeroteca digital].

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Hemeroteca digital de El País del año 2003. Faltan los ejemplares del 19 y 20 de agosto.

Asimismo, la crónica de Lobo daba voz a un anónimo experto en seguridad, W.G., que se lamentaba de lo ocurrido: “No entiendo cómo no estaba protegido todo el perímetro de la sede de la ONU en Bagdad después de lo ocurrido en la Embajada jordana”. Más adelante recordaba el reportero que “desde el ataque a la Embajada jordana existía una psicosis generalizada a un nuevo atentado terrorista” y que el embajador especial de España para Irak, Miguel Benzo, había asegurado a El País que “se habían reforzado las medidas de seguridad en el Hotel Canal, pues se temía que la ONU pudiera ser objetivo terrorista”.

Por su parte, el enviado de El Mundo, Alfonso Rojo, escribió en el ejemplar del día 21 que un “flamante camión-hormigonera amarillo embistió el muro de ladrillo que rodeaba la sede de la ONU”. La crónica añadía: “Los expertos del FBI, que ayer rebuscaban con meticulosidad de entomólogos entre las ennegrecidas ruinas del Hotel Canal, aseguran que el vehículo-bomba llegó a romper la pared y explosionó cuando ya había introducido el morro en el recinto (…) Al volante iba un terrorista suicida, porque han aparecido microscópicos restos humanos pegados a los pedazos del volante“.

En cualquier caso, el objeto principal de esta crónica de Alfonso Rojo no era el atentado de la ONU, sino otro extraño episodio que se había producido al día siguiente, el día 20. Un suceso que afectaba directamente a España.

La misteriosa muerte del capitán Martín-Oar

Cuando estalló la bomba, el capitán de navío Manuel Martín-Oar también estaba en el Hotel Canal, donde tenía su despacho de trabajo. Nacido en Madrid en 1947, casado y padre de cuatro hijos, el militar tenía experiencia en misiones de paz (Bosnia, Kosovo) y había trabajado con Kofi Annan. Había sido destinado a Irak como civil, en calidad de adjunto al embajador Miguel Benzo, a quien había conocido en el Cuartel General de la OTAN en Nápoles. Martín-Oar formaba parte del Consejo de Cooperación Internacional, el órgano de la CPA encargado de la ayuda humanitaria. De hecho, en el momento del atentado, el Consejo preparaba la Conferencia de Donantes a Irak, que debía celebrarse en Madrid en octubre.

Existe ciertas confusión sobre el lugar exacto en el que se encontraba Martín-Oar cuando el camión-bomba explotó. En su portada del día 20 (al día siguiente del atentado), El Mundo indicaba que el capitán español estaba reunido con Vieira de Mello.

EL MUNDO

Todas las crónicas del día, no sólo la de El Mundo, aseguraban que Martín-Oar había sufrido heridas en los brazos. Nada más. Sin embargo, al día siguiente, 21 de agosto, todos los periódicos españoles abrían con la siguiente noticia:

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Screenshot_2018-07-27 Portada de EL PAÍS del 21-08-2003

En sólo 24 horas, el militar español pasó de estar herido en los brazos a fallecer de un traumatismo craneoencefálico. ¿Cómo era eso posible? Las crónicas periodísticas de los días siguientes arrojan tantas luces como sombras.

En su crónica del día 21, Alfonso Rojo escribía que “sólo el infortunio hizo que [Martín-Oar] estuviera en su despacho” cuando estalló la bomba (el despacho del militar estaba en la primera planta y el de Vieira de Mello en la tercera, lo que cuestiona que ambos estuvieran reunidos en el momento de la explosión, tal como había asegurado El Mundo el día antes). “El martes [día 19] había una comida organizada por el embajador Benzo pero, como no era oficial, el capitán de navío excusó su presencia. Tenía cosas que hacer. Estaba enfrascado en los papeles, ajeno a todo, cuando sonó la terrorífica explosión y todo se derrumbó a su alrededor”. Rojo menciona entonces un importante testimonio, el del ingeniero español Ricardo López Orive, que el día de autos también se encontraba en el Hotel Canal: “El ingeniero vio cómo Martín-Oar emergía de los cascotes, tambaleándose y cubierto de sangre, pero consciente. El militar español llevaba un brazo destrozado, con las venas al aire, y mostraba hondos desgarrones en el otro, pero su vida no parecía correr peligro“. La crónica informa de que a las cinco de tarde “los sanitarios lo subieron a una ambulancia” y que “a partir de ese instante, no se volvió a saber nada del militar español. Su teléfono dejó de contestar”. El sacerdote español Ángel García Rodríguez (conocido como el padre Ángel), que trabajaba en Bagdad como miembro de la ONG Mensajeros de la Paz, quiso visitar a Martín-Oar en el hospital pero no pudo porque “se le perdió la pista”. Por la noche, ante la ausencia de información sobre el paradero del capitán, el embajador Benzo “llamó por doquier en busca de noticias”. Cuenta Rojo: “Los heridos capaces de andar habían sido internados en hospitales iraquíes. Sólo los más graves, los que hubo que cargar en camilla y evacuar en helicóptero, estaban en instalaciones médicas norteamericanas. Nadie sabía nada de Martín-Oar y Benzo, tan angustiado como para desafiar el toque de queda, salió a buscar a su amigo (…) Con la luz del día, cuando se especulaba con la posibilidad de que lo hubieran trasladado a la vecina jordania, llegó como un mazazo la noticia de que Martín-Oar había fallecido. Su cuerpo yacía en uno de los hospitales norteamericanos de la capital y en el frío parte de defunción se atribuía la muerte un ‘grave trauma cerebral'”.

La crónica del día 22 en El Mundo ofrecía más detalles de lo sucedido pero, lejos de aclarar las circunstancias, lo hacían todo más nebuloso. A continuación se citan los párrafos más importantes del texto de Alfonso Rojo:

“El capitán de navío Manuel Martín-Oar no murió solo ni lo hizo por falta de atención médica. El militar español falleció en el lugar del atentado, víctima de las heridas causadas en su cerebro por los cascotes del techo de su despacho y antes de que los sanitarios norteamericanos pudieran trasladarlo a un hospital. Que se tardara 14 horas en localizar su cuerpo y no apareciera en ninguno de los 154 hospitales de la capital iraquí desató ayer todo tipo de especulaciones y hasta la sospecha de que algo raro había ocurrido con él”. 

“A las 17.30 –algo menos de 50 minutos después [del atentado]– es cuando el ingeniero Ricardo López Orive –que habitualmente trabaja en la oficina que la Autoridad Provisional posee en Basora pero el martes estaba en el Hotel Canal– observa a Martín-Oar emerger entre el polvo y los cascotes (…) [Martín-Oar] estaba conmocionado por la onda expansiva, pero articulaba bien, no dio muestras de pánico, no se quejaba y hablaba con aparente normalidad. El ingeniero ha explicado que le atendió personalmente en el vestíbulo del destrozado hotel, que le practicó un torniquete en el brazo más afectado con una camisa y que hasta intentó limpiarle la cara. En principio se dijo que López Orive había visto al capitán subir a una ambulancia y cómo a partir de ese instante se le había perdido completamente la pista. Se dio por supuesto que Martín-Oar había sido llevado a un hospital“.

“Los hechos son levemente diferentes. Cuando el ingeniero canario estaba atendiendo a Martín-Oar, aparecieron unos sanitarios norteamericanos, ataviados con cascos, chalecos antibala y toda la parafernalia, que tumbaron al capitán de navío en una camilla. Allí mismo, le colocaron un gotero de suero en el brazo, le hicieron una primera cura y le pusieron una inyección –probablemente calmante– en un pie. Después, sobre las parihuelas, se lo llevaron hacia el aparcamiento interior, donde iban dejando a los heridos antes de evacuarlos”.

“Debió de ser a esa hora cuando nosotros [Rojo se refiere a los periodistas españoles desplazados a Irak] llegamos a la zona, procedentes de Diwaniya, y desde la última barrera a la que nos permitieron acceder los soldados norteamericanos atisbábamos en la distancia una quincena de camillas ocupadas por heridos junto a la fachada del Hotel Canal. Probablemente, Martín-Oar estaba en una de ellas, pero no lo sabíamos ni lo imaginábamos. (…) Desde lejos, sacamos la impresión de que se daba preferencia a los que parecían más graves, usando los helicópteros para los casos extremos”.

“Quizá nunca seamos capaces de reconstruir con nitidez los últimos instantes de Martín-Oar. En la ficha rellenada por los soldados que estaban de turno en la morgue militar en el aeropuerto figuran las 19.45 horas como el momento en que ingresó Martín-Oar en la tienda refrigerada donde se guardan los cadáveres. En el hueco destinado al lugar de procedencia se detalla que viene del Hotel Canal. También llega muerto”.

“En circunstancias normales, hace falta al menos una hora para trasladarse en coche desde el Hotel Canal al Aeropuerto Internacional de Bagdad. El pasado martes, la ciudad estaba sumida en el caos, había bloqueos militares por todos lados y los atascos eran monumentales. Suponiendo que el conductor de la ambulancia conociera muy bien la ciudad (…) no hubo tiempo material para que el capitán de navío pasara por un hospital y fuera reconocido o diagnosticado, circunstancia que habría quedado registrada en la ficha de la morgue. Desde el momento en que el ingeniero ve que los camilleros se llevan vivo a Martín-Oar hasta la entrada de su cadáver en la morgue transcurrió exactamente una hora y 45 minutos. Lo más probable es que Manuel Martín-Oar estuviera ya herido de muerte cuando habló con López Orive y que falleciera poco después. Los sanitarios norteamericanos, que no reparaban en nacionalidades, rangos o colores, sino sólo en las heridas, no percibieron a simple vista la gravedad de las lesiones que sufría internamente el español, pero eso no es censurable. Si se puede criticar algo es que después, desde la morgue y a la vista de documentación que había en su bolsillo, nadie tuviera el detalle de comunicar a la embajada española que reposaba allí, muerto, un ciudadano español“.

El jueves 21, la Cadena Ser informaba en exclusiva del informe que Estados Unidos había elaborado acerca de la gestión de las víctimas del atentado y el paradero de Martín-Oar. Según las fuentes estadounidenses, los médicos que llegaron al Hotel Canal “hicieron una selección entre los heridos más graves y los más leves” y “consideraron que Martín-Oar podía esperar y le aplicaron suero y calmante”. El informe señala que “después el capitán empeoró, y no hay certeza de que llegara incluso vivo a la ambulancia o al helicóptero de rescate”. El informe no especificaba la hora de la muerte.

Ese mismo día, el jueves 21, los restos mortales de Martín-Oar fueron trasladado a la base militar hispano-estadounidense de Rota (Cádiz), donde se realizó la autopsia. Según el Ministerio de Defensa español, el informe de la misma coincidía con la versión de Estados Unidos: el militar había muerto el mismo día del atentado de un “un shock hemorrágico post-traumático”. El Gobiero español no protestó por la lentitud del mando estadounidense en informar de la primera baja española en Irak, y tampoco aclaró las dudas sobre el “parte hospitalario” acerca de Martín-Oar que Estados Unidos había presuntamente facilitado, tal como había asegurado Defensa el día 21. El entonces secretario de Estado de Defensa y comisionado del Gobierno para la reconstrucción de Irak, Fernando Díez Moreno, aclaró que el traslado del capitán a un hospital había sido sólo “una suposición”. En resumen: el Gobierno español se plegó totalmente a la versión norteamericana de lo sucedido, sin ahondar en los puntos oscuros del itinerario de Martín-Oar después del atentado. A ello se añadió un comunicado de la propia familia del fallecido, rogando que cesaran las “especulaciones”.

¿Quién ha sido?

La autoría de la matanza del Hotel Canal nunca ha quedado esclarecida. En su crónica del día 20 en El País, Ramón Lobo escribió: “Una fuente del Ejército estadounidense reconoció que carecían de información sobre los responsables de los atentados, aunque públicamente los portavoces vuelven a señalar al grupo Ansar al Islam, al que ya se le vinculó en la acción contra la Embajada de Jordania. Pero ese grupúsculo de unos trescientos militantes, de religión suní e influencia wahabita (versión estricta del islam que se difunde desde Arabia Saudí) y al que se suponía desarticulado durante la guerra, jamás actuó en Bagdad. Parece más bien obra de algún grupo de la resistencia, bien expertos en explosivos del Mujabarat (policía secreta de Sadam Husein) o de militantes fundamentalistas. Un experto en el mundo islámico asegura que para colocar un coche o un camión bomba en Bagdad es necesaria una gran infraestructura o la ayuda de grupos extranjeros”.

Por su parte, Alfonso Rojo recogió en El Mundo las elucubraciones de Ahmed Chalabi, miembro del Consejo de Gobierno Provisional designado por Estados Unidos y una figura clave para convencer a la Administración Bush de la invasión de Irak: “Chalabi insistió en que hace unos días el Consejo había recibido un soplo sobre una reunión mantenida entre fieles a Sadam Husein y extremistas islámicos, donde se decidió atacar con un ‘camión-bomba’ la sede de un partido político iraquí o la de la ONU. Chalabi afirmó que pasó esa información a las autoridades norteamericanas”. El periodista indicaba más adelante que “el Hotel Canal contaba con la supuesta protección de los blindados y los soldados norteamericanos y cuesta entender que nadie hubiera reparado en que el muro lateral lindaba con un solar que servía de aparcamiento y corría a sólo cinco metros del edificio principal”.

El Mundo también publicó un análisis, firmado por Pedro Gervas Pérez, que advertía de que las posibilidades de que el atentado hubiese sido obra de Ansar al Islam eran “remotas”. “Funcionarios norteamericanos han señalado que Estados Unidos considera a este grupo responsable de la agresión contra la sede de la ONU, y está examinando las conexiones entre el ataque de ayer y el del 7 de agosto contra la embajada de Jordania en Bagdad porque cree que estarían conectados. Sin embargo, muchos expertos consideran que esta acusación es una excusa norteamericana para explicar los dos atentados. Así, el grupo Internacional Crisis Group minimiza la importancia de la banda dándole sólo una capacidad local”, explica el texto, que más adelante subraya que “los norteamericanos están deseosos de demostrar las relaciones entre Al Qaeda y el grupo iraquí, entre otras cosas porque le serviría como prueba de la conexión Al Qaeda-Saddam Hussein”.

La masacre fue reivindicada, según la cadena Al Arabiya (con sede en Dubai), por otro presunto grupo islámico totalmente desconocido y autodenominado “Vanguardia armada del segundo Ejército de Mahoma”, en cuyo comunicado llamaba a “luchar contra todo extranjero ” y continuar “actos de yihad contra todos aquellos que ayuden a los estadounidenses, incluso si son árabes o musulmanes”. Ninguna investigación confirmó si este grupo estuvo detrás del ataque a la ONU, y ni siquiera si tal grupo era real.

Todo apunta a que las auténticas razones de la masacre del Hotel Canal sólo pueden analizarse a la luz de episodios que sucederían apenas unas semanas después. Porque el de la ONU no sería ni mucho menos el último atentado realizado en la posguerra de Irak atribuido a grupúsculos islamistas de dudosa existencia. Y tampoco sería el último ataque en el que morirían destacados militares españoles, siempre en extrañas circunstancias.

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1 reply »

  1. Esperando ya las siguientes entradas. Toda esta información era desconocida para mí. Un gran trabajo y espero algún día poder contar en mi biblioteca con algún libro tuyo. Respecto al tema del 11 M, hace ya un tiempo salió un documental de un cineasta francés, Cyrille Martin titulado “Un nuevo Dreyfus”. ¿Lo has visto?, en caso afirmativo ¿que te ha parecido?. Si no lo has visto te lo recomiendo incluidos los extras que sacó para la versión española del documental (son de vital importancia dada la repercusión en medios de diferentes corrientes ideológicas que ha tenido el mismo). Un saludo y como siempre enhorabuena por tu trabajo.

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