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El origen del 11-M: secretos de Irak (Parte II)

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El sargento José Antonio Bernal (izquierda), en Kerbala (Irak) en 2003 (Foto: El Mundo).

(Viene de ‘El origen del 11-M: secretos de Irak (Parte I)’.

“El peligro no está en los iraquíes, sino en los norteamericanos”. Así arrancaba el obituario, escrito por Mónica G. Prieto en El Mundo, del sargento español José Antonio Bernal, asesinado el 9 de octubre de 2003 en Bagdad. Tres días antes de morir, el militar había confiado a la periodista su opinión sobre lo que ocurría en el país: “Créeme. Hasta ahora no he tenido problemas con los iraquíes, pero el otro día me detuvieron los yanquis en un control junto a un compañero. Nos sacaron del coche a empujones y, haciendo caso omiso del pasaporte diplomático y de nuestras licencias de armas, nos quitaron las pistolas y nos humillaron durante horas. Ni siquiera nos dejaban hablar con su oficial al mando”.

Toledado de 34 años, casado y con una hija pequeña, Bernal estaba destinado en Irak como adjunto al agregado de Inteligencia de la Embajada de España. Procedente del Ejército del Aire, llevaba ocho años en el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). “El trabajo de Bernal se englobaba en las tareas que todo Estado democrático desarrolla en el extranjero: la recogida y el envío de información para que el Gobierno, en este caso el español, pueda tener el mayor número de datos posible de cara a tomar las decisiones más adecuadas en cada momento”, explicaba el editorial de El Mundo. En resumen: José Antonio Bernal era el número dos del espionaje español en Irak.

“Esto está peligroso. Demasiada inseguridad, demasiada anarquía. Empieza a no gustarme estar aquí”. Esta otra confesión de Bernal a Prieto resumía bien el clima que se vivía en la posguerra iraquí cinco meses después de que Bush proclamara el final oficial de la invasión: sobre el terreno permanecían 140.000 soldados americanos, el caos en las calles campaba a sus anchas, la tan ansiada transición a un régimen democrático era una quimera, Irak contaba a sus muertos por miles y Estados Unidos a los suyos por cientos. Y las famosas armas de destrucción masiva no aparecían por ningún lado.

A todo ello se había sumado el brutal atentado del 19 de agosto contra la delegación de la ONU, en el que habían muerto 22 personas, entre ellas su máximo responsable, Sergio Vieira de Mello, y el capitán español Manuel Martín-Oar. Tal como reveló unos días después su sucesor, Ramiro Lopes da Silva, los últimos mensajes de Vieira de Mello a sus compañeros de Naciones Unidas habían sido un llamamiento a “no abandonar Irak”. Precisamente un mes antes, en julio, el Consejo de Seguridad había paralizado una segunda resolución cuyo objetivo era aumentar las tropas internacionales e involucrar a más países en la ocupación. Después del atentado, Estados Unidos (secundado una vez más por España) urgió a Naciones Unidas a aprobar dicho mandato bajo la condición de que esa nueva fuerza multinacional siguiera bajo el mando militar americano.

Objetivos españoles

Por otro lado, no habían pasado 24 horas de la masacre del Hotel Canal cuando las tropas españolas y las zonas de Irak bajo su control comenzaron a sufrir repetidos ataques y amenazas:

• En la noche del miércoles 20 de agosto, la Base España, situada en Diwaniya, recibió un ataque con 19 granadas de mortero que afortunadamente no causó daños graves (el general Alfredo Cardona, jefe de la Brigada Plus Ultra destinada en el país, llegó a decir en una entrevista con El Mundo que el ataque había “encorajinado a las tropas”, lo cual “era hasta bueno”).

• Al día siguiente, unos desconocidos tirotearon el vehículo en el que viajaban de Diwaniya a Bagdad los enviados especiales de la agencia Efe y del diario ABC, Javier Martín y Luis de Vega, aunque pudieron sortear el peligro y regresaron sanos y salvos al cuartel español (el ataque trajo consigo el recuerdo de las dramáticas muertes, unos meses antes, de otros dos periodistas españoles: Julio A. Parrado, de El Mundo, y José Couso, de Telecinco).

• El domingo 24, una bomba dirigida contra el líder chií Mohamed Hakim mató a tres de sus asistentes en Nayaf, jurisdicción de la Plus Ultra (el ataque sería atribuido a un imam rival). Cinco días después, Hakim sería asesinado en un nuevo atentado que se saldó con 90 muertos. Era precisamente el primer día en que el Ejército español asumía el control de Diwayina en solitario, tras el traspaso de poderes por parte de los marines estadounidenses.

• El 1 de septiembre, en un vídeo difundido por Al Arabiya, supuestos militantes del II Ejército de Mahoma, presunta organización yihadista que se atribuía el atentado de la ONU, amenazaron a las embajadas de todos los países miembros de la coalición invasora, España incluida.

Guerra de banderas

Desde el punto de vista político, la guerra, muy polémica desde un comienzo, estaba pasando factura a los gobiernos de los países invasores: mientras en Estados Unidos caía la popularidad de Bush (había elecciones a finales de 2004) y saltaban las chispas entre el Pentágono y el Departamento de Estado a cuenta de la estrategia a seguir, en España la oposición atacaba a Aznar por ser un títere de la Casa Blanca más derechista desde Reagan. La imagen más icónica de este enfrentamiento la brindó el desfile de las Fuerzas Armadas del 12 de octubre (tres días después del asesinato de Bernal) cuando el líder socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, permaneció sentado ante el paso de la bandera estadounidense. Faltaban sólo seis meses para las elecciones generales y el PSOE veía en la guerra un filón para desgastar al PP. Incluso el diario El Mundo, que en los últimos años había defendido a Aznar en muchos temas, se mostró muy crítico con la posición del Gobierno respecto a Irak.

zp bandera

José Luis Rodríguez Zapatero (derecha) permanece sentado ante el paso de la bandera de Estados Unidos, el Día de la Hispanidad de 2003. A su lado, el secretario general del PP, Mariano Rajoy, y el portavoz parlamentario del PP, Luis de Grandes.

Un mes antes, el 4 de septiembre, el director del CNI, Jorge Dezcallar, había declarado en sede parlamentaria que a los servicios secretos españoles no les constaba relación alguna entre el régimen de Hussein y Al Qaeda, así como de que el dictador tuviera armas de destrucción masiva. Y a comienzos de octubre, en el Congreso estadounidense, el jefe de los 1.500 inspectores enviados por Bush, David Kay, admitía que su equipo tampoco había encontrado rastro de esas armas.

A la puerta de casa

A las ocho menos diez de la mañana del 9 de octubre, José Antonio Bernal, aún en ropa interior, atendió la llamada al timbre de la puerta de su casa, situada en el barrio bagdadí de Al Mansur y muy cerca de la Embajada de España. El ama de llaves tenía el día libre y el guardia encargado de vigilar la vivienda se había marchado una hora antes a descansar, bajo el permiso del propio Bernal. El agente español abrió la verja de entrada al visitante, un hombre vestido de clérigo chií, con turbante y túnica negra, que había salido de un Opel marrón con matrícula extranjera. Tal como relataron testigos presenciales, el presunto clérigo trató de empujar a Bernal al interior de la casa, a lo que éste se negó. Dos ocupantes del coche sacaron entonces sendas pistolas, ante lo que el militar echó a correr hacia una de las calles aledañas, más transitada. Los atacantes comenzaron a disparar y Bernal prosiguió su huida como pudo. Cuando había recorrido unos 20 metros, tropezó y cayó. Un cuarto miembro del comando, que permanecía en la esquina de la calle para advertir a sus compañeros de la presencia de soldados americanos o iraquíes, se acercó a Bernal y, cuando éste trataba de levantarse, le pegó un tiro en la cabeza. El sargento toledano murió en el acto. Aunque apenas 40 minutos después del tiroteo aparecieron en la zona varios representantes de la Embajada española, que avisaron al Mando Central estadounidense de lo ocurrido, los soldados americanos “no se dignaron a aparecer hasta tres horas después”, como escribió en su crónica Mónica G. Prieto. Cuando lo hicieron, acordonaron la zona.

infografía Bernal

Infografía de El Mundo sobre el asesinato de Bernal.

Durante su estancia en Irak, Bernal había elaborado los informes de Inteligencia que sirvieron al Gobierno español para conocer la situación del país. Y como había dicho el propio director del CNI, de momento a los servicios españoles no les constaba que fueran ciertas ninguna de las dos premisas en las que se asentaba el Gobierno para apoyar a Estados Unidos: el vínculo entre Hussein y Al Qaeda y la existencia de armas de destrucción masiva. Según el periodista Fernando Rueda, especialista en el CNI, Bernal llegó a asegurar lo siguiente a una persona cercana: “Aznar no sabe lo que está haciendo, no hay armas de destrucción masiva de ninguna manera”.

No obstante, el Gobierno español atribuyó el asesinato del espía a fuerzas leales al dictador que querían volver a la situación anterior a la guerra, e insistió en que se había tratado de un ataque terrorista contra las fuerzas de la coalición en general (homologable, por ejemplo, al de la ONU), y que los asesinos no habían elegido a Bernal para castigar a España en particular. De este modo, el Ejecutivo se blindaba de las críticas de la oposición que achacaban la muerte de militares españoles a la participación en una guerra ilegítima y rechazada por el pueblo. De hecho, Aznar y sus ministros más leales en la campaña iraquí creían que esos ataques hacían más necesarios que nunca la permanencia de las tropas y el apoyo a Estados Unidos.

Al día siguiente del asesinato, el embajador especial de España en Irak, Miguel Benzo, que en agosto había sufrido la pérdida de su amigo Manuel Martín-Oar, fue entrevistado por El Mundo. Preguntado por los ánimos de los españoles en la Autoridad Provisional de la Coalición, el diplomático respondió: “Sólo sabremos si hay una trama contra nosotros si hay otro atentado”.

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1 reply »

  1. O vigilaban la casa y sabían cuántas personas había o tenía fugas dentro de los empleados. Es de esos asesinatos de los que apenas hemos tenido información. Como siempre un placer leer los artículos y esperar los siguientes. Un saludo.

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