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El origen del 11-M: secretos de Irak (y III)

agentes CNI

Agentes del CNI asesinados en Latifiya (Irak) el 29 de noviembre de 2003. Únicamente sobrevivió José Manuel Sánchez Riera (tercero por la derecha).

El 3 de noviembre de 2003, los ojos y los oídos de la mayoría de los españoles estaban puestos en una joven pareja que irradiaba entusiasmo. El Príncipe Felipe comparecía ante los medios junto a su prometida, una conocida periodista ovetense de 31 años llamada Letizia Ortiz Rocasolano. “Letizia es la mujer con la que quiero compartir mi vida. Como Heredero, creo que ella reúne todas las cualidades para ser Princesa de Asturias y la futura Reina de España”, aseguró el Borbón.

Al día siguiente, no obstante, los periódicos ofrecían otra importante noticia, que inevitablemente quedaría eclipsada por el enlace. “España inicia la retirada de su personal diplomático y civil de Irak”, titulaba en portada El Mundo. La información indicaba que el Gobierno de Aznar parecía haber asumido por fin la alta inestabilidad del país: los atentados contra las fuerzas invasoras eran casi diarios y no había pasado un mes del asesinato del agente del CNI José Antonio Bernal. El Ejecutivo, por lo tanto, ordenaba el regreso escalonado a Madrid de una veintena de miembros de la Embajada en Bagdad y de la Autoridad Provisional de la Coalición (CPA). En concreto, los catorce diplomáticos españoles de la CPA preveían su retorno para comienzos de diciembre. Los militares, eso sí, mantendrían sus posiciones en el país.

Noviembre se convertiría en uno de los meses más negros para las potencias ocupantes de Irak desde el comienzo de la guerra. El día 2, las tropas norteamericanas recibirían uno de sus golpes más duros cuando un misil tierra-aire presuntamente disparado por la resistencia iraquí derribó un helicóptero Chinook y acabó con la vida de 15 soldados que volaban de Faluya a Bagdad. Seis días después, en Tikrit, se produciría un nuevo ataque contra un helicóptero en el que morirían sus seis ocupantes. El día 15 se alcanzaría un nuevo récord de sangre, con 17 muertos, cuando dos Black Hawk chocaron entre sí después de que uno de ellos recibiera el impacto de un lanzagranadas. El día 23, dos soldados serían degollados por una muchedumbre enardecida en Mosul.

tanques Irak

Blindados estadounidenses patrullan cerca de Faluya (Irak), donde el 2 de noviembre de 2003 fue derribado un helicóptero ‘Chinook’ (Foto: AFP).

Todas estas noticias hacían que el pesimismo se adueñara de la Administración Bush. La mitad de la opinión pública de Estados Unidos rechazaba la estrategia de la Casa Blanca respecto a Irak, y la popularidad del presidente republicano (que afrontaba elecciones en 2005) se desplomaba cada vez que las cámaras de televisión mostraban a una familia recibiendo el féretro de su hijo muerto en combate. El número de caídos superaba los 400, de los cuales más de la mitad eran posteriores al final oficial de la invasión. El propio Bush se presentaría por sorpresa en Bagdad el 27 de noviembre para dar ánimos a las tropas.

Otro de los socios de la coalición, Italia, había sufrido un brutal ataque el día 12. En la ciudad de Nasiriya, la Academia de Policía, que servía como cuartel general de los carabinieri, recibió un ataque suicida con un camión-bomba que provocó 27 muertos, 19 de ellos italianos. El representante italiano de la CPA, Marco Calami, dimitiría pocos días después en protesta por la política americana en Irak. No obstante, el primer ministro, Silvio Berlusconi, mantuvo a las tropas en el país.

Nasiriya

Academia de Policía de Nasiriya, semiderruida tras el atentado del 12 de noviembre, dirigido contra fuerzas italianas. (Foto: AFP)

El día 20, mientras Bush y Tony Blair se reunían en Londres para discutir la estrategia a seguir en el polvorín iraquí, dos atentados atribuidos a Al Qaeda contra objetivos británicos en Estambul (el Consulado y la sede del banco HSBC) acababan con una treintena de personas y herían a más de 450.

La emboscada

A finales de noviembre, un equipo de cuatro agentes del CNI aterrizó en Irak. Eran José Carlos Rodríguez, José Merino, José Lucas y José Manuel Sánchez Riera. Su misión era reconocer el terreno, presentarse ante las autoridades españolas y de la CPA en Bagdad, regresar a España para reportar a sus superiores y, posteriormente, retornar a Irak para sustituir al equipo hasta entonces vigente, el formado por los agentes Alberto Martínez, Ignacio Zanón, Alfonso Vega y Carlos Baró. El grupo entrante debía continuar la principal misión de sus predecesores: corroborar, tal como seguían sosteniendo los gobiernos de Estados Unidos y España, si Saddam Hussein tenía vínculos con Al Qaeda y si el régimen escondía armas de destrucción masiva.

El sábado 29 de noviembre de 2003, los ocho espías viajaban de Bagdad a la base española de Diwaniya, sede de la Brigada Plus Ultra, en dos vehículos sin matrícula. El primero, un Nissan Patrol de color blanco, lo ocupaban Martínez, Merino, Lucas y Zanón. Detrás, a bordo de un Chevrolet Tahoe azul, se encontraban Vega, Baró, Rodríguez y Sánchez Riera. El grupo viajaba sin escolta, sin blindaje y sin armas largas.

A la altura de Latifiya, 30 kilómetros al sur de la capital iraquí, un Cadillac blanco se acercó súbitamente al convoy y sus ocupantes comenzaron a disparar al Chevrolet. Éste aceleró y adelantó al Nissan, ante lo que el Cadillac también aceleró, situándose en  paralelo al Nissan, disparando una ráfaga contra éste e hiriendo a Martínez y Lucas, y reventando las ruedas del vehículo. El Nissan se quedó retrasado; el Cadillac adelantó también al Chevrolet y disparó contra él, alcanzando a Vega y Rodríguez. El Chevrolet perdió el control, saliéndose de la carretera y quedándose varado en un barrizal. Allí sería tiroteado por los ocupantes del Cadillac, que se quedó cruzado en medio de la calzada, y por vecinos que se sumaron a la emboscada con lanzagranadas. El Nissan llegó entonces a la altura del tiroteo y sus cuatro ocupantes saltaron del vehículo, ocultándose tras unos matojos en el arcén y resistiendo como pudieron con sus armas cortas automáticas. Uno de los agentes, Carlos Baró, llamó al mando central del CNI, en Madrid, suplicando ayuda: “¡Nos están matando! ¡Mandad helicópteros!”.

El ataque duró unos veinte minutos. Siete de los ocho agentes españoles murieron bajo las balas enemigas. El único superviviente, José Manuel Sánchez Riera, se salvó de una manera ciertamente peculiar, según las crónicas periodísticas y las posteriores explicaciones del Gobierno español: en el fragor del tiroteo acudió a la carretera en busca de ayuda, y allí fue recibido por un clérigo musulmán que, en signo de amistad, le besó en la frente y le introdujo en un vehículo hacia un lugar seguro. Asimismo, según lo publicado en prensa, Sánchez Riera llamó desde su teléfono móvil a la base del Ejército español en Diwaniya para informar de la emboscada.

gráfico Latifiya

Infografía de El País sobre el ataque.

Curiosamente, media hora después del ataque, dos periodistas de la cadena británica Sky News, David Bowden y Adam Murch, que viajaban por la zona al regresar de la ciudad de Hilla, a unos 70 kilómetros, se encontraron con los dos coches de los espías españoles en llamas y con los cadáveres tendidos en el suelo. Las presuntas imágenes grabadas por los periodistas mostraban a un grupo de iraquíes golpeando los vehículos y pisoteando    los cuerpos. “Filmamos un par de minutos, pero las turbas se pusieron a gritar: ‘¡Viva Sadam!’ y tuvimos que irnos porque la multitud se volvió hacia nosotros y aquello se ponía peligroso”, aseguraría Bowden. “Había un joven iraquí pisoteando uno de los
cuerpos y luego un chico de unos nueve años comenzó a hacer como si le pegara patadas (…) Era realmente horrible. Algunos llevaban pañuelos árabes tapando sus rostros. La gente que rodeaba los cadáveres comenzó a cantar consignas en favor de Sadam: ‘¡Sacrificamos nuestra sangre y nuestras almas por ti, Sadam!’”, prosiguió el periodista.

coche CNI Irak (4)

Un iraquí golpea uno de los coches en los que viajaban los agentes del CNI.

IRAK-ATAQUE CONTRA AGENTES ESPAÑOLES

Imagen de Sky News mostrando a civiles iraquíes en la presunta escena del crimen.

Asimismo, una media hora después de la masacre, un convoy militar del Ejército polaco  pasó junto al lugar de los hechos, contemplando a un lado de la carretera los coches ardiendo y varios cadáveres en el suelo. No obstante, pensando que se trataba de civiles, que no había supervivientes y que el asunto era competencia de la policía iraquí, continuaron su rumbo.

Hacia las 21.30, el comandante español Ángel Brufau, destinado en el cuartel general de División Multinacional Centro-Sur, en Babilonia, consiguió tras múltiples gestiones localizar a Sánchez Riera. El único superviviente estaba en la base del 505 Regimiento de la 82ª División Aerotransportada de Estados Unidos, situada en Mahmudiyah, a apenas 15 kilómetros de donde había ocurrido todo. En concreto, Sánchez Riera se encontraba en el despacho del jefe de la base, el teniente coronel Peter Johnson. Pese a la cercanía del cuartel americano al escenario del crimen, la columna enviada por Johnson, dotada de 15 vehículos y 80 soldados, llegó a la zona a las 19.50. Cuatro horas después. Johnson, curiosamente, sería el encargado de dirigir la investigación sobre lo ocurrido. Éste siempre sostuvo que los agentes fueron un “blanco de oportunidad”, que sus asesinos no sabían que eran espías y ni siquiera españoles, y que sólo los identificaron como occidentales por sus vehículos.

Sánchez Riera regresó a España en el avión en el que el ministro de Defensa, Federico Trillo, y el director del CNI, Jorge Dezcallar, acudieron para repatriar los cadáveres. Aquejado de estrés postraumático, fue destinado temporalmente a Estados Unidos, aunque recientemente reapareció en público en un acto de víctimas del terrorismo en Valencia.

El 4 de diciembre de 2003, el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu abrió una investigación sobre el asesinato de los agentes ante lo que definió como un acto de terrorismo contra ciudadanos españoles fuera de nuestras fronteras. El 13 de febrero de 2004, apenas dos meses después (y un mes después del 11-M) dictó un sobreseimiento temporal aunque advirtió en su auto que, en caso de aparecer nuevos datos, podría reabrirse la causa y continuar con las diligencias.

Al igual que en el atentado de la ONU y el de José Antonio Bernal, supuestos grupos insurgentes iraquíes reivindicaron la matanza. En su libro La semilla del odio: de la invasión de Irak al surgimiento del ISIS (2017), los periodistas Mónica G. Prieto y Javier Espinosa ofrecían el testimonio de Abu Abdurrahman, presunto exmiembro arrepentido de Ansar al Sunna. Según Abdurrahman, fue este grupo integrista iraquí el responsable del ataque, aunque los terroristas presuntamente ignoraban la nacionalidad de los agentes: “Pensábamos que eran americanos, pero cuando descubrimos que eran españoles no hicimos diferencias”.

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