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Las tres cloacas del 11-M

11M

Miembros de la Policía Científica inspeccionan uno de los trenes del 11-M (Jack Guez: Afp)

Fernando Múgica tenía la convicción de que la mano de Estados Unidos estaba detrás de los atentados del 11-M, dentro de un plan de reordenamiento de la geopolítica mundial que había tenido su principal punto de inflexión en el 11-S de Nueva York. En su opinión, el objetivo último de los autores de la masacre de Atocha era despertar en el pueblo español un intenso sentimiento de patriotismo y apoyo al Gobierno de Aznar, del mismo modo en que la ciudadanía estadounidense había respaldado masivamente a Bush en su cruzada contra el terrorismo internacional tras la tragedia de las Torres Gemelas. El impacto del atentado, además, buscaría alterar las posiciones de Francia y Alemania en contra de la invasión iraquí, alertando a ambas potencias del peligro real que suponía el terrorismo islamista para los europeos, y de la necesidad de combatirlo en Irak, uno de sus grandes bastiones, según Estados Unidos. El 11-M, en definitiva, sería una suerte de 11-S europeo.

La gran complejidad del 11-M residía, como también explicó Múgica en alguna entrevista, en que había que diferenciar entre los autores reales (intelectuales y materiales) del atentado y la “trama de encubrimiento” que empezó a urdirse “a los pocos minutos” de que los trenes explotaran. “No se trata de una, sino de dos partidas de ajedrez”, señaló el periodista en un programa de VEO7.

La primera cloaca: un “regalo” para Aznar

La trama de encubrimiento (es decir, la versión oficial) no habría sido más que una “enorme patraña” fabricada por grupos de servicios de seguridad del Estado (CNI, Guardia Civil y Policía), que colocaron como cabezas de turco a confidentes y delincuentes comunes fichados y controlados hasta el tuétano (desde los moritos de Lavapiés hasta los traficantes de dinamita asturianos). Es decir, la fabricación de la versión oficial del 11-M obligaría a sus muñidores a destapar forzosamente la existencia de cloacas internas del Estado, cuyos tentáculos se extendían hasta la propia ETA. ¿Cómo se explica si no que la red de Antonio Toro y Trashorras, dedicada a la venta clandestina de dinamita, y que tenía a la banda terrorista vasca como uno de sus principales clientes, estuviese tutelada por la Guardia Civil?

No son pocas las voces que han alertado de que, desde los tiempos de la Transición, diferentes partidos políticos se han aprovechado del impacto social de la violencia provocada por ETA para conseguir sus fines. Pero esas sospechas van mucho más allá de la famosa frase de Xavier Arzalluz sobre “el árbol y las nueces”. En algunos casos no se trataría sólo de utilizar la presión de la banda terrorista en provecho propio, sino de que el propio Estado se habría inventado falsas amenazas y atentados. Algunos incluso van más allá y sostienen el apoyo de potencias extranjeras a los terroristas; es en este contexto en el que se atribuye la famosa frase de Adolfo Suárez: “Me voy del Gobierno sin saber si ETA cobra en rublos o en dólares”. Es decir, ETA como instrumento de operaciones de falsa bandera en el contexto internacional de la Guerra Fría; una suerte de Operación Gladio a la española.

En la Navidad de 2003, la Policía interceptó una bomba en un tren que se dirigía a la estación madrileña de Chamartín, y meses después, en febrero de 2004, la Guardia Civil hizo lo propio en Cañaveras (Cuenca) con dos furgonetas cargadas con 500 kilos de explosivos que también se dirigían a Madrid. Estos dos sucesos sirvieron al PSOE para acusar al PP de utilizar ambas operaciones en provecho propio, de cara a las elecciones de marzo, ya que el Gobierno de Aznar, en su segunda legislatura, había hecho de la lucha contra ETA su principal bandera. El entonces presidente de Extremadura, el socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra, dijo: “Los ciudadanos están empezando a pensar que estamos en una mentira… Es la primera vez que en la sociedad española se discute sobre la acción policial frente a un comando… Hay que decir que aunque hubiera nieve, la furgoneta (conducida por un terrorista) llegó a Cuenca; la única que llegó, pero llegó, y aunque un etarra que iba delante se cayó y se lesionó un poco el cuello, cuando lo cogieron al tipo, que no estaba fichado, dijo que era de ETA. Todo esto hay que decírselo a los ciudadanos porque han llegado a pensar que era todo una mentira“.

En su primer agujero negro, publicado apenas un mes después del 11-M, Fernando Múgica contó lo siguiente:

“En los días previos a las elecciones se preparaban, en secreto, golpes de mano espectaculares contra la cúpula de ETA. Durante el 11-M, y en los días posteriores, se manipularon informaciones, se desviaron pistas, se ocultaron datos vitales para el esclarecimiento de los hechos (…)

El 10 de marzo, miércoles, el Gobierno de José María Aznar está muy tranquilo. Sabe por todas las encuestas que cuatro días después va a ganar las elecciones. El propio Felipe González lo declara en un círculo de íntimos esa misma tarde: “No tendrán la mayoría absoluta, pero van a ganar las elecciones”.

Al presidente le tienen preparado un regalo de fin de curso. Sus colaboradores más próximos saben que para él, la lucha contra ETA ha sido uno de los ejes centrales de su actuación. Por eso, las Fuerzas de Seguridad le van a dar una gran satisfacción que a la vez servirá como una última catapulta electoral para arrasar en los comicios: la captura, de golpe, de toda la cúpula de la banda y de prácticamente todos sus comandos operativos conocidos. Aznar podrá así, dentro de su último mandato y por un margen de un par de días, cumplir con una de sus promesas más solemnes: acabar con el grueso de la organización terrorista.

Se ha elegido cuidadosamente la fecha del gran golpe: la noche del viernes 12 de marzo, justo en el momento en que el país abandona la campaña electoral para sumergirse en la jornada de reflexión. Los agentes de campo están cada uno en su puesto vigilando a los terroristas. El secreto de la operación es absoluto. Las Fuerzas de Seguridad han trasladado al Gobierno, en las últimas semanas, su preocupación al considerar que ETA puede intentar un atentado salvaje que irrumpa de forma determinante en la campaña electoral. En este sentido, se han analizado hasta la saciedad los intentos de la banda por volar trenes en la estación madrileña de Chamartín coincidiendo con la tarde de la Nochebuena última.

Es decir, que presuntamente una parte de las fuerzas de seguridad, afín al PP, había preparado el terreno para un golpe de efecto que llevaría con holgura a La Moncloa a Mariano Rajoy. ¿Era Aznar consciente de ese “regalo de fin de curso” que le tenían preparado? Más aún: ¿era auténtico ese “regalo” o se trataba de una trampa que las cloacas tendieron a Aznar para usarla en su contra llegado el momento? Difícil saberlo. Lo que está claro es que, si el operativo era cierto, saltó por los aires la mañana del 11 de marzo.

La segunda cloaca: ‘islamizando’ la matanza

Siguiendo el razonamiento de Múgica, en los minutos posteriores al atentado comenzó a enhebrarse la versión oficial por parte de las cloacas del Estado. Pero, ¿eso significa que los encubridores conocían a los verdaderos autores? No es fácil dar una respuesta, pero lo más probable es que sí. Ése es el verdadero enigma del 11-M: la relación (o no) entre los verdaderos autores y los encubridores. Múgica sostenía que no existía tal relación, que los encubridores (que tenían en común su afinidad al PSOE) pretendían aprovechar el atentado para provocar un vuelco electoral. Pero esto también plantea otra duda: si los autores del atentado eran servicios extranjeros que nada tenían que ver con las cuestiones internas de España, ¿cómo es posible que eligieran precisamente la fecha del jueves 11 de marzo, justo 24 horas antes del pseudogolpe policial contra ETA que preparaba ‘la Policía de Aznar’? Es muy improbable que fuera una coincidencia, aunque Múgica lo creía así.

Sea como fuere, lo innegable es que los encubridores decidieron islamizar el atentado después de que el Gobierno de Aznar se empeñara en apuntar a ETA como responsable. De algún modo, la trama de encubrimiento dejó que los dirigentes del PP se cavaran su propia fosa, permitiéndoles insistir en la tesis etarra durante las primeras 24 horas para después presentarlos ante la opinión pública como unos mentirosos que pretendían utilizar la masacre para ganar las elecciones. Es complicado saber si efectivamente Aznar, Acebes y compañía mintieron a sabiendas o actuaron de buena fe, convencidos de que lo sucedido en Atocha llevaba el sello vasco. Pero una vez que aparecieron las pruebas que apuntaban a un comando yihadista (con la mochila de Vallecas como gran punto de inflexión y con la televisada detención de Jamal Zougam como culmen), el PP estaba sentenciado. Algo que, por cierto, hubiera sido imposible sin la agitación promovida por la Cadena Ser y El País (una de las múltiples muestras de la manipulación es que “fuentes de la lucha antiterrorista” aseguraron a la radio de Prisa que en los trenes se habían encontrado restos de terroristas suicidas; nadie revela una información tan concreta a la principal emisora de España si no es con la intención  de producir un cambio en la opinión pública).

¿Quién dirigió los hilos de esta trama de encubrimiento? Una vez más, la respuesta está envuelta en sombras. El Mundo publicó en 2006 que el ex secretario de Interior Rafael Vera, que había estado en prisión por su papel en el caso GAL, había ido adelantando al PSOE todas las detenciones de presuntos islamistas que se irían produciendo en los días posteriores al atentado. Para ello utilizó presuntamente un despacho de la Junta de Extremadura que le habría facilitado Rodríguez Ibarra, aunque éste negó la información.

Lo que está claro es que sólo alguien con mucho poder, situado en un alto escalón del Estado, pudo tomar una de las decisiones más trascendentales del encubrimiento: la destrucción de los trenes, que hasta el Tribunal Supremo consideró “apresurada”.

La tercera cloaca: extranjeros pero, ¿de dónde?

“Fue obra de servicios extranjeros marroquíes con la ayuda de Francia”. Esta tesis sobre la autoría del 11-M no es sólo la que maneja el famoso ex comisario José Manuel Villarejo, sino que es la que, sotto voce, siguen sosteniendo los miembros del PP más cercanos a José María Aznar. Su explicación es que la matanza y el posterior vuelco electoral a favor de un gobierno socialista, además de constituir una venganza por la humillación del islote de Perejil, serviría para quebrar la alianza de España con Estados Unidos y Reino Unido respecto a Irak y recuperar la amistad con Francia y Alemania (y, por supuesto, Marruecos). Además, se pondría fin a las aspiraciones de Aznar de que España consiguiera más poder en la Unión Europea mediante la aprobación del Tratado de Niza de 2001.

Como se ha mencionado, Múgica opinaba que el origen del mal había que buscarlo al otro lado del Atlántico y, aunque públicamente nunca mencionó ninguna agencia de inteligencia en concreto, no había que ser demasiado avispado para intuir que tras sus sospechas se agazapaba un archifamoso acrónimo de tres letras. El periodista navarro sostenía que el origen de los atentados había que buscarlo en la guerra de Irak, pero no en la línea en que apuntaban los oficialistas (que la masacre era una venganza islamista por la participación española en el conflicto), sino todo lo contrario: que los que realmente habían promovido aquella guerra eran los mismos que habían puesto las bombas de Atocha, con el propósito de mantener la invasión y seguir alimentando el fantasma islamista, el que dominaba la geopolítica mundial desde el final del comunismo y, sobre todo, desde el 11 de septiembre de 2001. Y, desde luego, se trataba de los mismos que habían hecho todo lo posible por eliminar a aquellos espías o funcionarios destinados en Irak que hubieran osado poner en duda la premisa de aquella guerra cuestionando la existencia de armas de destrucción masiva y los vínculos de Hussein con Al Qaeda.

Otras personas también han apuntado al “amigo americano” en sus pesquisas sobre el 11-M, aunque en un sentido distinto al de Fernando Múgica. Es el caso del coronel de Infantería y ex miembro del Cesid Diego Camacho, que en varias conferencias ha sostenido que lo pretendido por los estadounidenses con el atentado era efectivamente echar al Gobierno del PP. Las razones de fondo tenían que ver con la profunda oposición de Francia y Alemania a la línea atlantista que había tomado España respecto a Irak, hasta el punto de que el eje francoalemán amenazó con la creación de un Ejército europeo que funcionara al margen de la OTAN. Los centros de poder de Washington, alertados por el tremendo coste geopolítico que supondría esa decisión por parte de las que, a fin de cuentas, seguían siendo las dos grandes potencias de Europa, habrían decidido prescindir de un socio menor como España para devolver el juego de las alianzas a su equilibrio anterior y asegurar la prevalencia de la OTAN en la defensa europea.

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8 replies »

  1. Para mi hay dos aspectos claves que no se está teniendo en cuenta: primero, el papel del CNI, concretamente, la imposibilidad física de que siendo la mitad de los implicados confidentes de algun cuerpo de seguridad, realmente no supieran nada. Y segundo, la sospechosa actitud del PP, que tampoco tuvieran ningún interés real en investigar lo ocurrido. Que en el psoe no quisieran es completamente comprensible, fueron los principales beneficiarios, y con eso les valía, pero el PP??…. que era lo que el pp no quería que se supiese? algo vinculado al cni?

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  2. Respecto a lo primero, estoy totalmente de acuerdo: varios (muchos o pocos, no lo sé) tenían que saber forzosamente la autoría real. Básicamente por una cuestión de sentido común: ¿por qué fabricar una versión alternativa? Pues lógicamente porque se quiere tapar la verdad. Pero un argumento convincente (que siempre usa Luis del Pino) de que los autores reales son diferentes de los encubridores es que la versión oficial tiene multitud de errores, por lo que lo más probable es que se improvisara sobre la marcha.
    Respecto a lo del PP, es posible que no quisiera indagar en lo ocurrido por dos motivos: 1) Porque pensaron que revelar la verdad llevaría a una crisis de Estado descomunal con otro Estado. 2) Porque tal vez la versión oficial se construyera en pàrte con cloacas policiales que también había utilizado el Gobierno del PP (de ahí las acusaciones de Rodríguez Ibarra).

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    • siempre he pensado que la segunda opción, y que la razón por la que no querían investigarlo porque temían que fueran a aparecer ellos como los que “encargaron” el atentado… Obviamente, encargarían uno de eta para salir beneficiados, pero alguien, seguramente marruecos, se encargó de darle la vuelta, mientras los americanos aplaudían porque le venía bien para su estrategia global, y mientras el cni miraba para otro lado, supongo que porque tambien querían quitar al pp de en medio. Y mientras los medios de información haciendo politica de la peor especie. Y los pobres 192 muertos, esos si que no le importan a ninguno de ellos….. En fin, repugnante todo.

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  3. También cabe la posibilidad de que unos cuantos colaborasen en el atentado engañados, pensando que su colaboración era un simple simulacro de atentado con muertos y heridos de mentira y al ver que todo ello era real debieron quedarse petrificados y, por supuesto, lo suficientemente asustados como para entender que más les valía permanecer callados.

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  4. Si estuviese implicada Francia, yo creo que sería más bien en el sentido contrario, no en el sentido del interés del eje Franco-Alemán en contra del anglosajón.
    Mi conjetura, y es sólo eso, es que en el 2004 Sarkozy era ministro del interior, a partir de entonces va escalando hasta que llega a la presidencia en el 2007 y toma una de las medidas políticas más importantes de Francia en su historia reciente: volver a integrar a Francia en la estructura militar de la Otan desde que De Gaulle la sacara en 1966.
    A partir de entonces Francia se convierte en el niño bueno obediente que participa en todas las misiones Otan bajo el mando USA.
    Esto sería más claro si hubiese ocurrido todo seguido en el 2004, pero creo que estas cosas no suelen ir tan rápido, llevan su tiempo. Y más con algo tan importante para el orgullo galo: esa distancia con el eje anglosajón.

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